COMO DECÍAMOS EN VILLARTA DE SAN JUAN, por José Muñoz Torres

El pasado domingo en las páginas de EL PAIS se recogía una información sobre la investigación de Inés Fernández-Ordoñez sobre el habla de los mayores en la España rural y se hablaba, más concretamente, del proyecto del Corpus Oral y Sonoro del Español Rural (COSER) que inició la citada Inés Fernández-Ordoñez, catedrática de Lengua Española en la Universidad Autónoma de Madrid y miembro de la Real Academia de la Lengua. A los que hemos llevado casi siempre dentro de nosotros ese lema de «soy de pueblo», ver el título de un libro, escrito por una académica de la lengua, con una frase tan rotunda: «Como dicen en mi pueblo», nos hace ver lo importante que es trabajar porque no se pierda un bien cultural, que hemos tenido entre nosotros hasta ayer mismo, y hacer posible porque lo vayamos recogiendo aunque sea como el breve « Diccionario villartero de andar por casa», no para volver a utilizarlo por sistema ( que algunas palabras si habría que recuperar para su uso) sino para reunir y estudiar palabras que en si mismas definían perfectamente lo que se quería decir. Eso por un lado; por otro, porque es una herencia que no deberíamos permitir que se perdiera ya que es parte de nuestras vidas. La modernidad, – a veces malentendida-, no ve bien que se emplee, por ejemplo, la palabra «hogaño», que aunque sea correctisima, parece como si se utilizase una expresión de «antiguos y paletos», con lo cual para no llamar la atención y mucho menos comentarios, merecía la pena emplear otra locución mas moderna: «este año». Sin embargo hay otras palabras que se utilizaban antes, como «antaño» que al no definir una época concreta si parecía más clara su sustitución, coloquialmente, y sobre todo por escrito, por otras como: antes, antiguamente, etc.

El mundo de las palabras, considerando su origen en los pueblos, nacía por una necesidad y utilizaba una grafía que podría ser una escritura textual del lenguaje oral.

La yunta avanza en tierras secas, que entonces también las había, abriendo surcos de vida y esperanza, guiadas por un gañán anónimo que después desaparecería para llegar a ser expresión de una persona grosera, patán, etc. ¡Así es la vida!. Que sea esta foto y este «poyete» un homenaje y agradecimiento a todas esas personas olvidadas. [Fuente: noeresdecriptanasi/blog]

Pongamos un ejemplo: la palabra «gañán». Su origen, muy discutido, llevó a la RAE a considerarla de la siguiente forma: gañán. (De etim. disc.) m. Mozo de labranza.||2. fig. Hombre fuerte y rudo.; sin embargo el Diccionario de Maria Moliner amplía la definición: gañán 1 m. Hombre que sirve como criado en una hacienda, para distintos trabajos. =Mozo. 2. Hombre fuerte y tosco = Jayán. A esta última palabra, Jayán, se le da la denominación, en su 2ª acepción, de persona tosca y grosera. [ Y finalmente vemos que grosero se aplica a las personas y a sus palabras, comportamiento, etc., falto de educación o naturalmente inclinado a prescindir de la cortesía y la delicadeza en el trato con otras personas]. Todo este tejemaneje de definiciones y palabrerio o palabrería, nos puede llevar a la conclusión de que el significado de la palabra ha ido evolucionando, de tal forma, que una vez desaparecida la profesión solo se aplique a la palabra el sentido de grosero, zafio, patán, etc. en un sentido estricto; es decir, sería muy factible que el remoto conocimiento de la palabra fuese aplicado a personas de pueblo, de poca educación. Sin profundizar, que mis conocimientos en este tema no son muy apropiados para meterme en «camisa de once varas», la definición de gañán, al menos en su parte menos técnica, es decir aquella que trata del comportamiento personal en cuestiones no referidas al desempeño de su trabajo, pueda producirse de las más antiguas definiciones como pueden ser las empleadas por Sebastian de Covarrubias y Orozco [TESORO DE LA LENGUA CASTELLANA O ESPAÑOLA, Madrid, 1611]. En esta obra se define el término «GAñAN», en los siguientes términos:

«Gañan, el pastor rustico y grosero, que guarda gnado, y es mandado de los pastores y mayorales; y por que este desuelle las reses, o mortecinas, o las demas, y en la cabaña, o choza haze el oficio de cocinero o bodegonero, aderanzado la comida a los demás , se dijo gañan del nombre latino ganeo,nis el vil cocinero: o se dijo del verbo gannio, ganis por gañir [Este mismo diccionario dice al propósito de la palabra «gañir«,que es el aullar del perro cuando se siente de algún golpe. De esta palabra viene la actual desgañitarse que es lo que le pasa al que dando voces termina enronqueciendo, de manera que apenas puede echar la voz] por cuanto con cierta voz inarticulada va hablando al ganado con que le entiende y obedece, o es nombre, que vale , amparar, recoger y cuidar con solicitud, tal es el oficio del gañan. Pudose decir del mismo ganado gañan, diciendole otra n,gannan, o del verbo ganar, porque anda alquilado y gana su sueldo; y asi en latín se llama mercenario. Los gañanes de ordinario son muy groseros, y grandes comedores de rusticos mantenimientos, y por ello al que come cosas groseras, y con exceso y poca policia , decimos que come como un gañan.» [SEBASTIAN DE COVARRUBIAS Y OROZCO. Tesoro de la lengua castellana o española. folio 427vto. Madrid 1611].

Sin embargo todo ello hace referencia exclusiva al gañan de pastor y no hace ninguna referencia a mozo de mulas o mozo de labranza En el año 1734 se publica un diccionario compuesto por la Real Academia Española que en su tomo cuarto, recoge ya dos palabras con un significado bastante distinto. La primera es la referida al gañán como pastor y recoge prácticamente la citada anteriormente de la obra de Covarrubias. A continuación recoge como otra palabra o lo que hoy llamaríamos acepción (aquellas diversos significados de una misma palabra y que en los diccionarios actuales vienen numeradas), que dice: «Por ampliación significa (gañán)el jornalero que por su salario cultiva los campos. Agrestis servus, vel operarius. SIGUENZ. Hist. part. 3. lib. 2. Disc. 7. Por acudir el siervo de Dios con más diligencia a visitar sus gañanes y labores, andaba en un rocinillo».

Los trabajadores del campo, en otros tiempos, o «antaño», podían clasificarse de la siguiente forma: Mayoral, ayudaor, gañán (mozo de labranza o mozo de mulas) y jornalero. Todos ellos componían «la labor» que era el conjunto de todas las mulas pertenecientes a un mismo amo.

Y como todas las profesiones, ocupaciones o trabajos tenían un escalafón, y mas concretamente en el campo y por orden de importancia o jerarquía lo componían, en el orden que hemos citado anteriormente: El Mayoral, el Ayudaor, los Gañanes y los peones o jornaleros. Pero la intención es pararse en el último de todos los que podemos considerar como fijos: el gañán. Porque el devenir de los años y la evolución del cultivo de la tierra ha hecho que esta palabra sea aplicable a patán, zafio, grosero, manchando la historia de un tipo de trabajo. Pero sobre este tema ya hace algo más de dos años escribí un «poyete» que se titulaba: «Al fin y al cabo, salvo excepciones , todos somos hijos o nietos de gañanes». [https://josemunozvillaharta.blog/2020/08/08/al-fin-y-al-cabo-salvo-excepciones-todos-somos-hijos-o-nietos-de-gananes/]

Contar la historia de un gañán sería edificante para todos aquellos, incluso, nosotros mismos que utilizamos esa palabra. Parodiando a Gloria Fuertes, podíamos decir que muchos o casi todos, nacieron antes de tiempo y a sus madres que, quizás les pilló espigando o vendimiando, les costó trabajo parirlos porque si se descuidaban un poco, por la necesidad que tenían de ser uno mas a trabajar, venían al mundo ya con abarcas, peales y unos pantalones de pana, mil veces remendados, del uso que le dieron tantos hermanos mayores que tuvieron el mismo oficio. Algunos de nosotros tuvimos la suerte de que, a veces, no nos gustaba ir a la escuela, pero muchos no supieron nunca utilizar un libro, ni supieron que era una escuela,… y eso de la «m con la a, ma», lo aprendieron de sus hermanos uno, dos o tres años mayores, que de pronto desaparecían de las casas, bien porque hubiesen muerto, bien porque ya eran mayorcillos y metidos en unas agüaeras a modo de canasto los llevaban al campo para que fuesen aprendiendo los olores del trigo cuando todavía verdeaba, o a pelar los granos de la espiga, o a oir como cantaba el grillo, o a oir el grito de su padre, a lo lejos: ¡so, Capitana! ¡ Arre, Poderosa!, … o ver como su padre apretaba los dientes, para que salieran con rabia, entre ellos, palabras ininteligles. ¡»..cagüen la pu…»! Y asi un año tras otro, que en muchas ocasiones eran pocos, iban aprendiendo a conocer el campo, los interminables días de verano en los que parecía como si ese redondal amarillo que no se dejaba mirar, se hubiese parado en la inmensa llanura de nuestra tierra, para que de pronto huyese por el infinito surco dejando el campo con la tranquilidad del silencio y la inquietud de la noche. Los gañanes recogían, a la voz del mayoral o mayordomo, según fuese la «labor» de grande, y sentían las manos ásperas pero esperadas del joven gañán que le apretujaba entre la raida manta con que había estado «aparejada» la mula… ¿faltos de educación o naturalmente inclinados a prescindir de la cortesía y la delicadeza en el trato con otras personas? Y ahora, pasados tantos años, se quiere hacernos olvidar su nombre y reirnos de todo lo que les faltaba porque nadie se lo enseñó. Y todavía algunos humoristas dicen, para hacer reir al espectador, atento a la pantalla de la televisión, que les están mal hablando de los suyos: ¡gañaaaaan! ¡gañanzaco! Seguiré pero de momento es nochebuena y en Villarta de San Juan aún queda algún viejo gañán que merece el respeto, al, menos en nuestra forma de hablar, de conservar y respetar su nombre, así como el cariño y reconocimiento a su trabajo. Con alguno de esos gañanes recorrí, en alguna ocasión las largas aradas, y dormí, alguna noche, en las viejas cuadras de la «Casa de las Davisas, con mi primo Felix, al que tanto recuerdo y a Visi, a la que algunas tardes de domingo la acompañé, mientras ella guardaba la ausencia de su novio que hacía la «mili».

Tractor Lanz D-3806, Fabricado en Getafe en julio de 1956

A finales de los cincuenta del siglo pasado, este trabajo de gañán, pasó a la historia de una forma rápida: ¡apareció el tractor! y en breve periodo de tiempo la vida del campo y de muchos pueblos cambió.

Y en poco tiempo así quedaron los pesebres de aquellas cuadras, algunas reconvertidas en recuerdos y otras perdiéndose en el olvido. [Fuente: Manuel Espejo López. Flickr]

Uno de esos años de la década de los sesenta, cuando llegó San Miguel, fueron muchos los gañanes que no se «ajustaron». De la noche a la mañana, muchas cuadras quedaron vacias, las puertas de las «piqueras» de los pajares que, hacía pocos meses, se habían cerrado hasta el próximo verano, no se volvieron a abrir, muchas cuadras recogidas aprisa se quedarón con paja en el pajera y en el pajar, algunos dueños dudaron si sembrar sus tierras de cebada, la última vuelta a los rastrojos se quedó a medias, las «cajoneras» dejaron de aparecer por las calles y las mujeres «tempraneras» para recogerlas vieron como el «barranco» ya no se colmaba; al principio se alegraron de no tener que realizar ese trabajo, pero al poco tiempo vieron como «su hombre» perdía el trabajo de siempre. Las primeras noches no se «amoldaban», al hecho de que ya no tenían que desperdirse para ir a dormir a la cuadra. No son ganas de narrar exageradamente lo que ocurrió aquellos años pero es cierto que durante algún tiempo la presencia de «trantantes», y su trabajo, fue constante y muy rentable. Nunca pensaron ni ellos ni los gañanes que su yunta, se les fuese de las manos y saliese a la calle tan sin cuidar, con tan pocos «atalajes», con un viejo ramal como único «arreo» y por tan poco dinero. Los guarnicioneros, los esquiladores, los herradores, los herreros, los veterinarios, -estos, que veían como las «igualas», bajaban y bajaban-, los herreros que tuvieron que echarle imaginación para empezar a inventar arados especiales para los tractores,… y mientras los corrales de las casas se llenaban de aperos, arados, ubios,… que poco a poco se iban llenando de olvido…. [ Aún algunas casas conservan cámaras llenas de «guarniciones» y arreos colgados de gruesas estacas bien ancladas en los muros de sus paredes. En menos de diez años, la población de Villarta de San Juan perdió más de un 20% de su población (Pasó de 3677 en 1960 a 2.927 habitantes en 1970). Los amaneceres se volvieron silenciosos, las voces no muy bien timbradas de algunos gañanes, bien conocidos por su mala entonación, enmudecieron; el «chirrío» de las herraduras de las mulas sobre los «guijarros» que empedraban nuestras calles dejaron de oirse. Las cocinas, cosa no conocida hasta entonces, se llenaban de caras tristes, junto al fuego, sin importarles como pasaba el tiempo, no había prisas, ni necesidad, ni…. solo había desconsuelo, silencio y miedo a lo que pudiera llegar o a lo que había llegado. La «báscula», cosa impensable en otros tiempos se llenaba de corrillos tristes de personas, de hombres, más concretamente, esperando un milagro aunque no sabían cual podía ser. La «pava» reogía más viajeros que los habituales hasta entonces, portando muchos de ellos aquella vieja maleta de madera, un poco arreglada, con la que partieron a hacer la «mili». Muchos de ellos, bien japoteados, para no ir oliendo aún a cuadra, iban subiendo a la «viajera», con la mirada perdida pensando en qué les esperaba y cuánto dejaban en sus casas, después de una despedida que nunca olvidarían. Poco a poco fueron llegando noticias desde Valencia, desde ese pequeño pueblo llamado Almácera, donde una empresa de cerámica Lladró supo encontrar en gente de Villarta, trabajadores ilusionados, que consiguieron que en su corazón los dos pueblos fueran uno. Fueron llegando noticias desde Madrid y sus pueblos cercanos, desde Murcia, desde Cataluña o de otros más difíciles lugares, por su distancia, sus costumbres, sus lenguas: Francia, Suiza, Alemania,… A los sitios donde fueron no había «mocillas», ni «mocejas», ni «mozas», no había «niñez», ni «mocitos», ni «mocejos», ni «hogaño»; se encontraron las mismas cosas pero con otras palabras. Tuvieron que olvidar las viejas palabras de su pueblo con tanta historia y tanta vida, y las olvidaron con lágrimas pero con esperanza, ahora después de tanto tiempo disfrutan con sus nuevas palabra aprendidas fuera de Villarta y enseñadas a sus nietos.

Cuidado que mañanan son «los santos inocentes», «las inocentadas». El próximo «poyete», encarando ya las Paces, lo dedicaremos a explicar tantas palabras entrecomilladas que han aparecido en este y alguna fotografía que nos haga recordar cosas que no tuvimos que olvidar.

José Muñoz Torres, cronista oficial.


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