Vamos a vendimiar, por José Muñoz Torres

Cuadrilla de vendimiadores.png

La vendimia marcaba uno de los momentos mas importantes en la vida de Villarta. Todo el pueblo se ponía en funcionamiento saliendo de su habitual monotonía. Una recolección de este tipo, de la que dependía gran parte del futuro del pueblo durante el año siguiente, mantenía un desarrollo casi dogmático -con tiempos y ritmos seculares- que, a veces, se realizaba mas por costumbre que por necesidad.

La vendimia no arrancaba de golpe sino que tenía un tiempo de preparación, la mayoría de las veces imprescindible. En primer lugar era necesario poner a punto los materiales precisos para la vendimia: carros, seras y espuertas. Las seras y las espuertas estaban hechas de esparto, mediante tiras de pleita que se cosían unas a otras hasta darle la anchura y altura suficiente. Aunque después de las últimas vendimias habían sido perfectamente lavadas para quitarles todo rastro de mosto y barro, no se habían reparado o recosido, sino que una vez secas se habían guardado hasta la próxima vendimia. Al sol del membrillo, no tan fuerte como el de estos días, los dueños o sus sirvientes tomaban asiento en los corrales, a la sombra de alguna morera  o albaricoquero echando remiendo con esparto a seras y espuertas o recosiendo las asas con cordetas .

A estas fechas ya se habían apalabrado las correspondientes cuadrillas de vendimiadores, bien del pueblo o de otros próximos, en especial de La Fuente del Fresno a donde irían a buscarlas el día anterior al comienzo de la vendimia. Si bien era necesaria la presencia de hombres, sobre todo para subir las seras a los carros, lo normal era que la mayor parte de la cuadrilla fuera de mujeres, entre otras razones porque el salario era menor que el de los hombres.

   Los gañanes, por otro lado, empezaban a revisar sus carruajes, arreglando posibles desperfectos. Sin embargo el trabajo que mas ilusión les hacía era el de limpiar y engrasar las guarniciones, verdaderas obras de arte y diseño de los guarnicioneros, repletas de dorados remates y adornos y que solamente se utilizaban en momentos especiales como el inicio de la vendimia. Si alguno de ellos estrenaba guarnición se sentía el mas feliz de todos ellos. Las novias, durante todo el año, habían estado confeccionando borlas con hilos de colores trenzados  y pequeños espejos y el toque final: hacer relucir las doradas campanillas.

Todo listo. Y un atardecer de septiembre hacían su entrada carros y galeras que transportaban a las cuadrillas. Las mujeres de ellas piropeaban al gañan que llevaba el carro:

 “Este carro es una ermita

las mulas sus pabellones

y el gañán que lo acarrea

va robando corazones.”

(Se nos olvidaba decir que el número de componentes se contaba por espuertas. Es decir una cuadrilla de diez espuertas se refería a un total de veinte personas)

Las bodegas tenían también su preparación. Todas ellas, las mas grandes (la de las Davisas, las de los Islas, la de Joaquín Isla o la de Domingo Serrano o de El Requeté) como las mas pequeñas, se limpiaban concienzudamente. Todas las instalaciones: jaraiz, tenajas y pozos de orujo, quedaban en perfecto estado de revista. Después se limpiaban y engrasaban las moledoras, las prensas  y las bombas para subir el mosto a las tenajas; la mayoría de ellas eran aún manuales, vamos que debían moverse a mano.

En la bodega.png

De pronto, de la noche a la mañana, el pueblo empezaba a oler a mosto y a azufre, mientras el tilín, tilán de las prensas ponía música monocorde a los amaneceres y atardeceres del pueblo Palabras hoy casi olvidadas: jaraiz, pisar, velar, casca, orujo… pueden volver a nosotros, al igual que vuelven a nuestra mente las caras y el esfuerzo de esas personas que, mientras movían las prensas agarrados a los grandes barrones de hierro, entonaban, de mejor o peor suerte, las últimas canciones que habían oído en aquellas cintas que habían visto el último domingo en el cine de Dolores o de Adolfito.

 El último día con la uva metía ya en la bodega las cuadrillas se iban a la plaza de la Ermita y con muchas caras tiznás empezaban a cantar: “Viva la Virgen nuestra Patrona…”  Y un “Viva la Virgen de la Paz” estruendoso, que salía desde el corazón, ponía punto final a un año mas de vendimias.


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