LAS «PACES» EN NUESTRO CORAZÓN , por José Muñoz Torres.

Se han terminado las «Paces» de este año, tan sinceras, tan queridas, tan vividas, como siempre. En nuestros corazones, tan repletos de recuerdos, se han ido apretujando todos ellos, para dejar espacio suficiente y asi guardar sitio en él para mantener vivo el recuerdo de todos los que nos han ido dejando para vivir unas «Paces» sin fin.

Este año, como tantos años, como siempre, o como casi siempre,hemos tenido que ir pronto a la iglesia a «coger sitio» para la función [Así se denomina de tiempo inmemorial, solemne función religiosa, a la misa celebrada en honor a la Virgen de la Paz] y así recordar, y volver a vivir, junto a la Madre, como si los que se han ido aún estuviesen con nosotros. Como siempre, este año tampoco hemos estado muy atentos al desarrollo de la función ni a las palabras del sacerdote oficiante porque nuestro pensamiento estaba en otras cosas, en imágenes que venían, desde la Virgen, y a las que nuestro pensamiento les iba poniendo gestos, palabras y conversaciones que creíamos haber olvidado y que volvían o mandábamos hacía la Virgen para que se las lleve a todos los que están junto a Ella.

Las mascarillas -que todos hemos llevado-, nos han permitido dar rienda suelta, sin remilgos, a esas lágrimas furtivas de todos los años y que este han corrido sin que nadie pueda leer lo que ellas encerraban. Esas molestas mascarillas nos han permitido vivir unas celebraciones más íntimas. Sólo nos ha vuelto a la realidad el grito rotundo de «Viva la Virgen de la Paz», que nos ha hecho, a muchos, aguantar la emoción y apretar fuerte una mano con la otra para que ese dolor nos permitiera no olvidar el recuerdo de las ausencias. Y muchos hemos salido rápidos a la Plaza de la Ermita, abarrotada como casi siempre o mas que nunca. Mientras, dentro de la iglesia, los portadores de las andas se afanaban, junto a los miembros de la Hermandad, por ocupar su lugar bajo esas andas, livianas o pesadas según cada momento, según cada recuerdo. Y ahí, en la sencilla plaza de siempre, sin decir palabra, hemos ido atando nuestos recuerdos, nuestras vivencias, a esos cohetes de ilusión, de amor y de esperanza, deseando que lleguen altos, muy altos, para que lleven, a los que se fueron, una brizna de olor de las «paces» que siguen siendo las que siempre fueron y las que nos enseñaron a vivir.

Las fotos que adjunto no llevan orden ni concierto, solo son ráfagas de lo que cualquier villartero, puede pensar en esos dos días importantes de nuestras fiestas, al calor de la hoguera o a lo largo de la procesión. Tristeza, alegría, nervios, sentimientos, cariños que parecían olvidados y vuelven impetuosos. Ventanas entreabiertas, sin nadie tras los cristales o quizás con unas simples rosas atadas a las rejas, como si la persona que allí vivía, hubiera vuelto para decirnos que no se olvida de nosotros, … pasos de personas mayores que quieren seguir a su Virgen, la que le asiste con sus recuerdos en la soledad en que la ausencia de seres queridos le han dejado, lágrimas que para cualquier ajeno parecen no venir a cuento, pero que resumen y encierran en ella una vida de villartero que nunca ha olvidado ni a los suyos ni a su madre. Pueden, que estas y las miles de fotos que entre todos guardamos, nos sirvan para recodor para recordar nuestra historia, nuestra juventud, la esperanza que se desprende de la mirada asombrada de un niño detrás de unos cristales, la mirada de ese niño a la cámara agarrado a la mano de ¿su abuelo?, como diciendole al fotógrafo que la haga bien que esa es una foto para siempre que, incluso, pasará de padres a hijos, sin que al final nadie recuerde quien es pero del que si podrán decir que fué fiel a su tradición desde niño. Esa mujer, a la que sostiene su hija por detras, agarrada fuertemente a los barrotes de la ventana con sus ojos llenos de recuerdos que se dirigen a la Virgen pidiendo…. ¡quien sabe qué! pero seguro que a pesar de todo lo que pueda haber vivido dandole gracias por todo. Cuantas Misis, se habrán aferrado para ver a La Madre…. Esos jóvenes en casa de la Abuela, en su azotea, antes de que la casa de los tres pisos les ocultase la vista total de su pueblo. ¡Cuanta esperanza! ¡Cuánta vida por vivir! De todos ellos, uno encorvado por los años, todavía sale a encontrarse con la Virgen y muchos días, aún, se llega a la nueva iglesia para contarle a la Virgen, su día a día, sin quizás pedir nada, sino recordando y recordando. En una de las fotos, quizás del año 1934, hemos recuadrado en azul, como era la antiquísima ermita de la Virgen de la Paz que, como dice la historia de nuestro pueblo, estaba a las afueras del pueblo.

Alguna agencia de noticias publicaba como encabezamiento para hablar de nuestras «Paces» que Villarta vuelve a ¡recobrar las Paces!. Si ya sabemos que solo es para afirmar que después de no poder sacar a la Virgen el año pasado a recorrer nuestras calles, sí vuelve hacerlo este año. Pero que no se entienda el titular como si las hubieramos perdido. De Paces a Paces, dice nuestro dicho popular para hablar de algo que se celebra una vez al año, las estamos celebrando ya 652 años, muy distintas todas ella en la forma, pero todas iguales en el fondo. Y como se dice en estos casos: ¡ Viva la Virgen de la Paz !

Según decía la alcaldesa, se están haciendo todos los esfuerzos, ante los órganos competentes, para conseguir que nuestras fiestas sean consideradas como bien cultural de caracter inmaterial y este sería el reconocimiento de que nuestro pueblo ha hecho y hará todo lo que esté en sus manos para que se considere nuestras paces un patrimonio de un pueblo, que quiere conservar y engrandecer como recuerdo a todos los que nos han precedido.

Finalizo. Este año, nuestro viejo y cansado río, arrastrándose por su cauce seco, sin casi fuerza, ha querido estar presente en las Paces. Ha llegado hasta el puente viejo y ahí esta retenido, esperando que Villarta vuelva a mirarse en sus aguas quietas, esperando que el viejo puente le abra sus ojos de par en par y que, como hacen esos amigos ya jubilados, sus paredillas bien conservadas les sirvan para hablar de sus cosas. No hace tanto tiempo, aunque parezcan siglos a sus lados surgía vida y de trecho en trecho por su calzada, jóvenes ilusionados, soñaban y soñaban con un futuro lleno de esperanza.


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