ERANSE UNA VEZ «LAS PACES», por José Muñoz Torres

Pienso que este «poyete» debe ser un pequeño homenaje para la Hermandad de la Virgen de la Paz que durante todo este tiempo cargado de tantos problemas y dolores, ha sabido sacar todo su amor a la Virgen de la Paz, celebrando el primer Centenario de la Erección Canónica de la Virgen de la Paz, que de momento, y me imagino que no será el colofón, ha culminado el día 9 con la celebración una ceremonia que muy pocos de los que la celebramos podremos olvidar. A principios de año la Hermandad tuvo la idea de que la pequeña charla que hacia en el Ayuntamiento o en la escuela fuese la protagonista de un libro dirigido a los niños para que siempre tengan presente las «Paces» de Villarta en honor de su Santa Patrona Ntra. Sra. de la Paz.

Creo que una vez que se ha agotado la edición impresa, no tenga a mal la Hermandad, mi atrevimiento de utilizar este «poyete» para hacer llegar nuestra querida historia a tantos y tantos hijos y nietos de villarteros que quizás la conozcan a través de la voz acongojada de sus mayores recordando esas queridas «Paces» desde tantos rincones de España.

ÉRASE UNA VEZ LAS “PACES”….. CONTADAS A LOS NIÑOS.

Texto original de

JOSÉ MUÑOZ TORRES

Ilustraciones originales de

PAZ MUÑOZ CAMACHO

EDICIÓN CONMEMORATIVA DEL PRIMER CENTENARIO DE LA ERECCION CANÓNICA DE LA COFRADÍA
DE NUESTRA SEÑORA LA SANTÍSIMA VIRGEN DE LA PAZ Y DE SU REGLAMENTO.
15 DE DICIEMBRE DE 1921

PRESENTACION


Dicen que conservar la memoria de un pueblo es construir su presente y su futuro. Por eso, la labor que viene realizando durante tantos años nuestro Cronista de la Villa, Pepe Muñoz, de recuperar la tan olvidada memoria de nuestro pueblo, tiene tanta importancia. Los que desde hace tiempo nos venimos a sentar en su poyete le agradecemos desde el fondo de nuestro villartero corazón su labor, así como la de otras personas que también se esfuerzan no solo en recuperar la memoria de nuestro pueblo, si no también en guardar su presente para que se transmita a futuras generaciones. Recuperar la memoria de un pueblo no solo consiste en conocer fechas o datos. La memoria de la tradición es otra cosa. La historia de un pueblo no es lo que ese pueblo ha vivido, sino lo que ese pueblo recuerda y cómo lo recuerda. Por ello, la tradición es un recuerdo colectivo, es no olvidar lo aprendido y lo vivido. Y con motivo del primer centenario de la Hermandad de Nuestra Señora de la Paz (efeméride rescatada por Pepe en uno de sus poyetes), nuestro cronista y su hija Paz, nos traen un precioso regalo, poniendo letras e imágenes a la historia que año tras año Pepe cuenta a los niños de Villarta a los pies de la Virgen del Ayuntamiento o en la Escuela cuando ya se van acercando nuestras Paces. En este relato, Pepe y Paz nos llevan, a niños y no tan niños, a echar una mirada hacia un momento de nuestra historia y tradición más arraigada: las Paces y nuestra Virgen de la Paz. De una manera en la que las lagunas de datos se llenan con la leyenda, pero es evidente que tenemos que hacerlo porque sin esa memoria de nuestra tradición, un pueblo pierde su seña de identidad, y corremos el riesgo de desvirtuar nuestras Paces, olvidando que es lo importante y lo que realmente estamos celebrando. Recibamos este relato con los ojos abiertos como platos, y los oídos puestos en el corazón, como los niños lo hacen cada año en la jornada de “Conoce a tu Virgen”, y dejémonos llevar a aquellas frías jornadas de hace seis siglos, que huelen a casas encaladas, tierra húmeda y lumbre, cuando se fraguó la gran devoción que hoy Villarta le tiene a su Madre…

El Presidente de la Hermandad

ALFREDO MUÑOZ ISLA

Hace muchos, muchos años, Villarta de San Juan, era un lugar de pocas y pobres casas, con un camino real de tierra, casi todo él, que lo cruzaba de norte a sur y un gran puente de piedra de tiempos muy antiguos, que tuvo mucho que ver con esta historia que vamos a contar y con toda la historia de nuestro pueblo.

Por el pueblo pasaban muchos viajeros y comerciantes, camino de Madrid o camino de Andalucía, pero todos ellos paraban lo justo para comer algo y descansar un poco. Tenía, entonces, una iglesia pequeña y antigua y una pequeña plaza, donde, un edificio, -algo más importante que los demás-, hacía las veces de Casa Consistorial, es decir, de Ayuntamiento. La plaza polvorienta y sin árboles, era el lugar donde se “juntaban” los chicos que, por no tener, no tenían escuela ni trabajo; allí saltaban, corrían y jugaban, vete tú a saber a qué. Los ancianos se ponían a la “solanera, buscando el tibio sol de los meses fríos y a la escasa sombra, que en los meses de verano, a primera hora de la mañana y a media tarde, daban algunas casas principales, como la de los Sorias, gente de las más ricas del pueblo…

Esto les contaba, ahora en el siglo XXI, a unos boquiabiertos niños del Colegio de Villarta de San Juan, al que me habían invitado para hablar de las fiestas del pueblo. La verdad es que aunque se les notaba una cierta alegría, he de pensar que el motivo fuese el de saltarse alguna clase y no por saber el origen de las fiestas; a ellos, de las fiestas, lo que les importaba era que, realmente, ya estaban cerca y estaban dispuestos a pasárselo estupendamente. Pero, entre tantos chicos y chicas, siempre hay algunos que lo quieren saber todo, sin esperar un momento y, además, que los otros vean que quiere saberlo. Uno de ellos, cuyo nombre no recuerdo, puso cara de asombro cuando dije que los chicos de entonces no tenían “cole”; levantó la mano pidiendo permiso y, sin que nadie tuviese tiempo para dárselo, preguntó: -¿No teníancolegio en el pueblo? –

Todo lo que les explicaba hacía más de ¡seiscientos cincuenta años! Aunque tampoco hace falta precisar el tiempo, lo importante y necesario, es descubrir qué otras cosas había en Villarta, o … ¡lo que no había!. -Por ejemplo, -les empecé a explicar-. Las calles no estaban asfaltadas, ni siquiera empedradas; eran calles de tierra con profundas rodadas que habían ido haciendo los pocos carros que había en el pueblo; porque, claro, entonces no había coches, ni autobuses, ni siquiera bicicletas. Sólo había algún borriquillo o alguna mula y, por supuesto, los pocos hidalgos que había…. -Por cierto, ¿Y quienes eran los hidalgos? ¿No habéis oído hablar nunca de algún hidalgo?. No me lo puedo creer. Seguro que habéis leído algo sobre un hidalgo que había nacido en un lugar de La Mancha.. ¿ A qué sí? Una de las chicas levantó la mano.


-Yo si conozco uno. Era un señor que se había vuelto loco de leer muchos libros…

Las calles de Villarta eran retorcidas y estrechas , según las conveniencias de los vecinos. No había bares, ni comercios, ni siquiera alguna pequeña tienda. Entonces no había agua corriente, tenían que sacarla de los pozos que había en las casas, no había luz, ni tele, ni radio, no había… ¡ni cuartos de baño!, ni teléfonos, ¡ni móviles!. Los viajeros que pasaban por Villarta paraban en una pequeña posada o venta, para tomar alguna comida, darle de beber a sus mulas y caballos y comprar alguna cosa para el viaje hasta que llegasen a Manzanares que estaba a cinco horas de camino de Villarta. . ¡Ese sí que era un pueblo importante…!

De vez en cuando venía algún titiritero que contaba viejas historias de caballeros andantes, de esas que luego volverían loco a Don Quijote o cantaban algunas canciones mientras tocaban una vieja guitarra que casi ni sabían ni podían tocar pues a la mayoría de ellas le faltaba alguna cuerda; a cambio recogían, como mucho, algo para comer y poco más. En algunas ocasiones les dejaban dormir en algún rincón de la posada. Tampoco había médicos… bueno siempre había algún barbero que se atrevía a sacar las muelas o curar una herida o sangría… ¿Cómo podían vivir?.. ¡Claro que tampoco había maestros!. Que aburrimiento sin escuela. ¿No?

De lo que si había en Villarta, -les insistí viendo sus caras de incredulidad-, al igual que en casi todos los pueblos, era mucha hambre, mucha miseria, muchas enfermedades y muchas, muchas guerras, donde morían a cientos y a miles los mozos de los pueblos que creían que en las guerras podrían hacerse héroes y ricos y… muy pocos lo consiguieron. La mayoría lo único que lograron fue llenar de dolor y pena a sus padres que veían como se marchaban. Desde ese momento, todas las tardes bajaban al puente por ver si volvían…. -¡El puente romano! – repitieron todos a coro – a ese puente, bajaban muchos padres a preguntar a los que por él pasaban, si había terminado la guerra a la que habían ido sus hijos. Al atardecer volvían lentos y tristes a sus casas. A la puerta les esperaba su mujer, esperanzada, pensando que la guerra hubiese terminado. El hombre cada vez más envejecido le decía una tarde tras otra: -¡No todavía no ha terminado la guerra!.

-¡Ah!, Se me olvidaba algo fundamental para nuestra historia,- les adelanté para animarles un poco. Lo que si había en Villarta, a algo más de un tiro de ballesta, como decían ellos, -entonces no se habían inventado todavía ni el metro ni los kilómetros-, es decir, a unos doscientos pasos al sur del pueblo, una pequeña y pobre ermita que era cuidada por un viejo santero y en la que había una imagen también muy sencilla, que nadie sabía cómo se llamaba. Todos conocían el sitio y la virgen pero todos decía al lugar la “Ermita de la Virgen”. Al lado de la ermita, más hacia el sur, había una enorme dehesa llena de encinares que se llamaba Villacentenos, según unos y las Manchas, que decían otros. Allí la gente de Villarta recogían leña para sus hogares y bellotas para sus animales; en realidad, los animales se reducían a cuatro gallinas y el gorrino que cuidaban y engordaban.

Luego en noviembre eran las matanzas y hacían chorizos y morcillas que guardaban, los primeros en orzas con aceite y los segundos colgando de las chimeneas para que se secasen al “amor de la lumbre”. Los jamones cubiertos de sal se guardaban junto al tocino en las cuevas). Los villarteros de entonces tenían devoción por una Virgen que llamaban de la Vega y que se encontraba en otra ermita, algo más cuidada, situada entre Villarta de San Juan y otro pueblecillo llamado Arenas de San Juan. A esta ermita iban en romería en el mes de mayo. -Entonces –preguntó uno de los niños– ¿no se celebraban las “Paces”? – No. No había “Paces”, ni casi había fiestas. Los años anteriores a los que nos estamos refiriendo, fue un tiempo en que la gente de Villarta y sus alrededores, vivieron tranquilos, trabajando en sus campos y en las pequeñas huertas que estaban junto al río…- No. No había “Paces”, ni casi había fiestas. Los años anteriores a los que nos estamos refiriendo, fue un tiempo en que la gente de Villarta y sus alrededores, vivieron tranquilos, trabajando en sus campos y en las pequeñas huertas que estaban junto al río… Pero esa felicidad les duró poco. Fueron muchos años de guerra, de ejércitos que pasaban por nuestro pueblo y asolaban sus campos y se llevaban, no solo los alimentos sino también a aquellos hombres fuertes y jóvenes que podían servirles de refuerzo.

A veces, eran los propios jóvenes los que dejaban sus casas y seguían a los guerreros. ¿Cómo podían garantizar nuestros antepasados sus pobres vidas? ¿Cómo librar a sus mujeres o a sus hijas de las afrentas de los soldados nunca saciados de mal?. Poco a poco, debajo de sus casas, comenzaron a construir cuevas donde guardar y esconder alimentos, vino o aceite y en ellas mismas guarecerse con la esperanza de que no descubriesen sus escondites. Cuando salían de ellas, veían sus campos quemados y parte de sus casas destrozadas… Y comenzaron a pensar, también, en formas de vigilancia.

Villarta estaba muy bien situada para vigilar los caminos. La torre de la vieja y sencilla iglesia, tenía la suficiente altura para avistar desde ella a cualquiera que se aproximara al lugar. En lo alto había dos ventanucos, uno de ellos con una pequeña y sonora campana que podía servirle para dar un aviso de peligro. Estábamos en 1369 y la guerra no parecía tener fin. Los ejércitos de Don Pedro y de Don Enrique de Trastámara, iban, unas veces, buscando al enemigo y otras huyendo de él. Los chicos, por
turnos y en pareja, subían a la torre de la iglesia, y a través de sus ventanucos avistaban el movimiento en los caminos.

Durante los últimos meses gran número de soldados a pie y a caballo iban y venían por el puente a Toledo…. ¡Al final los dos ejércitos se encontraron!. En Montiel, un pueblo cercano a Villarta, el campo se llenó de muertos y sangre, según supieron, después, la gente de Villarta. El 14 de marzo de 1369, los dos chicos que vigilaban ese día desde la torre, vieron una gran polvareda por el camino de Lugarnuevo. Por el movimiento del polvo y la rapidez con que se acercaban pensaron que se trataba de un grupo de jinetes. Sin esperar más, empezaron a tañer la campana y raudos bajaron de la torre para esconderse en las cuevas de sus casas. Fue un tiempo interminable, hasta que oyeron el ruido de unos cuantos caballos que caminaban por la calle real mientras lanzaban grandes voces: ¡Don Pedro ha muerto en Montiel! ¡la guerra ha terminado!. Sin dar crédito a lo que oían, algunos más decididos, empezaron a salir de sus cuevas, y vieron a varios jinetes qué les preguntaban dónde podrían beber. La desconfianza de nuestros antepasados se fue convirtiendo, poco a poco, en alegría por el fin de la guerra. Les dieron bebida y comida a los jinetes, mientras estos les contaron cómo había sucedido todo.

¡Se habían hecho “las paces”!… Al fin, había terminado la guerra.
Algunas de las mujeres pensaron que podían ir a dar gracias a la Virgen de la Vega, pero los hombres más prevenidos y acostumbrados a la rapidez con que en esas fechas anochece, dijeron que era una locura… Mejor sería otro día. Pero las mujeres insistían en dar gracias a la Virgen cuanto antes y una de ellas dijo: -¡Pues vamos a la “Ermita de la Virgen”!, y sin pensarlo dos veces, cogieron algo de comida: unos chorizos en aceite, unas morcillas ya bien secas y ahumadas y con ellas salieron hacia la vieja, pequeña y cercana ermita. Los hombres, más en lo suyo, sin poner en duda que también tenían ganas de dar gracias a la Virgen, hicieron provisión de vino y un poco tocino… Todos, mujeres, hombres, niños, entre ellos –muy orgullosos-, los dos que habían dado la señal, salieron en atropellada algarabía hacia la ermita. ¿Y el cura?. ¡Ah! Se me olvidaba. El viejo Prior, entre su sordera y sus vacilantes piernas, que apenas le sostenían, acababa salir de su cueva y a medio vestir y muy lentamente siguió a sus fieles para unirse a la celebración. En poco tiempo recorrieron el camino y llegaron a la ermita, cerrada a cal y canto. Comenzaron a llamar a sus puertas hasta que el viejo santero, con todo el miedo del mundo, abrió la puerta y, apartándose raudo de ella, dejó que pasasen a ver a la Virgen que sobre una mísera mesa estaba en el desangelado altar. Y con voz baja comenzaron a cantar. “¡Salve Regina, Mater Misericordiae..!”

Alguno de los hombres cortaron ramas de los chaparros e hicieron una hoguera donde calentarse, pues pronto anochecería y todavía era tiempo de frio. Y alrededor de ella, de pronto callaron, y en sus adentros cada uno pensó en los malos momentos que habían pasado en su pobre vida. Alguien, de pronto, dijo: “¡lo pasaó, pasaó!”, “¡Viva la Virgen!”. Pues claro, -dijo otra voz- “¡Que no todos los días se hacen las Paces!

Pasados unos días otros jinetes procedentes de Toledo, dejaron al Prior la nota del Arzobispo de Toledo en la que se indicaba que a partir del año siguiente se celebraría la fiesta de la Virgen de la Paz, el 24 de enero, en todo el arzobispado de Toledo. El Prior, al tener el aviso, congregó a todos los fieles y les pidió que le acompañasen a la ermita de la Virgen, para llevarla en procesión a la iglesia y les dijo que a partir de ese momento la Virgen de la ermita se llamaría Virgen de la Paz. Y cuatro hombres se acercaron a la imagen y, sobre unas improvisadas andas, la pusieron sobre sus hombros y con el prior tras ellos se encaminaron a la iglesia a rendir pleitesía.

La gente de Villarta siguieron yendo, año tras año, a la que ya con0cían como Ermita de la Virgen de la Paz: «Vamos a celebrar las Paces como la primera vez». La pequeña hoguera cada vez se fue haciendo un poco más grande. Villarta iba creciendo y el pueblo estaba cada vez mas cerca de la Ermita. Poco a poco le fueron adecentando a la Virgen se ropa y la gente le llevaba, de vez en cuando, algún ramo de flores silvestres del campo. Un año, alguien al salir la Virgen de la Ermita, disparó algunos cohetes que se hacían, por entonces, en los pueblos cercanos de Alcázar y Argamasilla. Todo se fue repitiendo, año tras año. Pasados muchos años, la ermita, encalada todos los años para la fiesta de la Virgen quedaba ya dentro del pueblo y dentro del corazón de todos los villarteros. Y como siempre se dice. «¡ Viva la Virgen de la Paz!».

José Muñoz Torres, cronista oficial.


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