D. ALBERTO, MI MAESTRO Y EL DE OTROS MUCHOS…. por José Muñoz Torres

En mi anterior “poyete” comentaba mi escaso deseo o ilusión por ir a la escuela; pero poco a poco, -como casí todo en la vida- nos fuimos  acostumbrado a que había que ir a la escuela, que era la única solución aunque muchos no tuvieron esa misma suerte y su paso por la escuela fue breve, porque muy pronto fueron llamados -mejor dicho, llevados- al trabajo, donde se acostumbraron a trabajar por algo más, -muy poco mas- que “cama y mantenidos”; la cama, muchas veces, era una saca llena de paja y lo de mantenidos era un decir porque la comida saciaba brevemente el hambre y más que comer se olía la comida. Muchas de las chicas se iban a servir a “casas con posibles” [Esas casas de buena posición económica, que tampoco había tantas] y ahí permanecían hasta que salían de ellas para casarse recibiendo, entonces,  el escaso dinero que el ama les había ido guardando. Los que tuvimos la suerte de seguir en la escuela nos encontramos de todo: “monotonía de lluvia trás los cristales”, sorpresas en nuestros escasos años cuando algún maestro te “abría los ojos como platos”, explicando cosas maravillosas; estupor ante algunas novedades ante las que, muchas veces, casi sin permiso del maestro, salíamos a la calle, -no al “recreo”, sino a la calle-, para ver como pasaban raudos y con una estela de humo los “aviones de propulsión a chorro”, subidos a las paredillas que separaban la calle de la entrada de la escuela y que también servían para subir a las falsas acacias y coger ramilletes de pan de quesillo (ahora que nos sorprendemos con las innovaciones de los grandes cocineros que acompañan sus laureados platos con flores comestibles, olvidamos que esa experiencia de comer flores era muy habitual hace más de sesenta años, no recuerdo si por necesidad o por capricho. ¡Cuántos veganos y vegetarianos había entonces!).

Nuestro paso por las escuelas, al tener entonces la caracteristica de escuelas unitarias, determinaban de alguna manera cual iba a ser nuestra educación: iba a depender, fundamentalmente, del maestro que tocase. En cualquier caso, los que seguíamos en la escuela, teníamos dos posibilidades: ir a la escuela, como la mayoría de los niños o bien matricularnos como alumnos libres(1) en algún instituto de la provincia, como fue mi caso -gracias al empeño de mi madre y de mi hermano y a la comprensión de mi padre que intuía que esa era la mejor solución- para  estudiar bachillerato… Pero para poder inscribirte como alumno de un instituto tenías que realizar una prueba de ingreso en alguno de los dos institutos de la provincia: el de Ciudad Real, capital o el de Valdepeñas. El caso, mi caso, compartiendo esa experiencia con Alfonso Garrido, fue que D. Miguel Barberán Ramirez (dueño de la famosa “pepa”, aquella tabla que había cogido lustre a base de buscar y aposentarse en nuestros traseros), el maestro que en aquel año teníamos -natural de Manzanares- debió convencer a nuestros padres para que siguiesemos esa opción [he de pensar que una última cuestión económica le llevaría e influiría en  D. Miguel a hacer esa oferta, pero ahora después de tantos tiempo qué importaba esa cuestión si todavía ellos mismos, los maestros, estaban en esa época en la que se decía de ellos aquello de  “pasar mas hambre que un maestro de escuela” . Lo cierto es que “sin comerlo ni beberlo”, ambos Alfonso y yo, nos vimos titulares de un Libro de Calificación escolar que decía: Don José Muñoz Torres  (o Alfonso Garrido Muñoz) titular de este libro, abonó 50 pesetas, en papel de pagos al Estado, quedando inscrito para la prueba de ingreso, que verificará en el Instº de Ciudad Real en la convocatoria de Junio del curso 1956 a 1957. Ciudad Real, 30 de abril de 1957″.

Ingreso Scan.jpg

Recuerdo que para realizar este examen de ingreso, Don Miguel -que se desplazaba desde Manzanares con su moto IRESA, nos llevó a Manzanares y allí cogimos el tren para ir a Ciudad Real. Entonces, Ciudad Real,  era un poblachón enorme a nuestros ojos y lo que más nos impresionó fué el edificio de Telefónica, una edificio de unos cinco pisos que se nos apareció como un enorme rascacielos. Era el 7 de junio de 1957. Así comenzó nuestro camino. Aprobamos y fuimos  -por la noche-  a ver una pelicula en un cine de verano ( Vimos la pelicula Johnny Guitar, una del oeste, como se decía entonces.)

Imagen relacionada
En una moto como esta hicimos el viaje hasta Manzanares, Don Miguel, Alfonso y yo. ¿Cómo? No lo recuerdo, ni me lo explico.
Resultado de imagen de johnny guitar pelicula
Cartel de la película Johnny Guitar que vimos Alfonso y yo, junto a Don Miguel en un cine de verano de Ciudad Real.

Al año siguiente la misma situación, con Don Miguel. ¡Matriculados del primer curso! Ese año, durante el curso aprendimos, bastante bien,  a jugar a los “santos” y a las bolas y algunos días que no venía, nos despachábamos todos los alumnos bastante bien con la leche en polvo y con el queso de los “americanos”. De otras asignaturas, no aprendimos tanto… El resultado…. un suspenso en matemáticas en el examen del día 18 de junio. El verano lo pasé estudiando con Don José Luis Alabau, aprobé con un 5 “raspao” en septiembre….. y  vuelta a estudiar con un profesor nuevo… [A finales de los ochenta vi a Don Miguel en el Hospital de Manzanares y es cierto que, en ese momento, sólo recordé de él los buenos ratos que pasamos en la vieja escuela que ya tampoco existe ].

Y aquí empieza de verdad este “poyete”. Alfonso siguió otro camino y yo me encontre de pronto frente -perdón, no es la palabra exacta- me encontré de pronto, junto a un maestro salmantino que, a finales de los cincuenta -creo recordar que fue en 1958- se cruzó en mi vida, aún apenas iniciada,  para continuar el estudio de bachillerato. A partir de ese momento fue mi MAESTRO (así con mayúsculas) y con él emprendí un periodo de aprendizaje, relativamente corto en el tiempo,  pero ni terminado ni olvidado en mi recuerdo ni en mi vida. Es cierto que en la vida, cualquier mínima circunstancia puede  ser un camino abierto a realidades nunca imaginadas, circunstancias que,  sin darnos cuenta, pueden cambiar nuestra vida sin reconocer, hasta pasado mucho tiempo, que en gran parte hubo un responsable, una figura que conforme van pasando los años se va agigantando, a pesar de las distancias y de su definitiva ausencia física.  Y ese maestro enjuto, erguido, de ideas claras -Don Alberto-, formó parte de la vida de muchos chicos de aquella época que lo recuerdan mucho más de lo que aparentemente pueda aparecer. No creo, ni pretendo, ser el que mejor lo recuerde pero, al menos  he de intentar que otros no lo olviden.

Maestros Scan.jpg
Celebración del día del Maestro. (1) Don Alberto (2) D. José Luis Alabau (3) Doña Africa (4) Doña Anita (5)Doña Pili (6) Paco, el barman (7) Antonio Rodriguez, el alguacil (8) Ambrosio Baeza (9) Isidro Muñoz, jefe de la policia (10) Honorio Vela (11) Cayetano Garrido Meco, alcalde de Villarta . El resto, no señalados, son maestros que no identificamos (Fuente: Programa de festejos de “paces”)

 

Hace algo más de treinta y tres años, en ese entrañable programa de festejos de “Paces”, donde se recoge gran parte de la historia de Villarta, mejor dicho, del día a día de la historia de Villarta, escribí un sencillo escrito de homenaje a un Maestro, que quiero recordar en este “poyete”. Decía así:

“Cultivó nuestra viña/vida con esmero, a veces, fue necesario el uso de duras soluciones; la poda, en ocasiones, fue agresiva, pero al final en todas las cepas quedó el pulgar más fuerte y sano que la cepa permitía. Y cuando podía, depositaba profundamente, junto a la raiz, el abono adicional que asegurara una buena cosecha.

Y dejó una viña reverdecida, él, que había nacido en tierras de pan llevar en la vieja Castilla… La viña dió buen fruto y los vinos fueron cuidados con mimo. Cuando el tiempo se encargó de posar los recuerdos, cuando nuestro vino/vida empezó a añejarse, cuando llegó la hora de ir filtrando nuestras vivencias pasadas, cuando el trasiego hizo aflorar nuestros mas esenciales componentes, cuando ya estaba todo dispuesto para la entrega, se escapan se nos escapan aromas inconfundibles que, poco a poco, apartando lo superfluo, vamos reconociendo.

Aromas de castellano viejo, aromas de maestro de escuela, esparcidos por una pobre aula de una sencilla escuela de pueblo. No hubo nunca “monotonía de lluvia tras los cristales”, porque no era lo exterior lo que importaba, hubo mas bien claridad contínua que les abría y señalaba a nuestras mentes infantiles caminos que no siempre fueron asumidos y pocas veces recorridos.

Cada cual asumió su propio camino, a veces totalmente distinto del que nos fue señalado y hoy, cada cual en un recodo, cuando es muy díficil el reencuentro, cuando no hay posibilidad de cambiar de camino, sobre todo porque no nos arrepentimos del camino escogido, cuando hacemos una pausa en el duro caminar, vemos, a lo lejos, casi en el punto de partida, la figura acrecentada, delgada y seria de castellano viejo, maestro de escuela, de quien tanto aprendimos y a quien tanto recordamos: Don Alberto.

Don Alberto, en el centro (Fuente: Mestre a casa/F.P.A. Proferor Alberto Barrios Rios)

Don Alberto Barrios Rios, natural de El Salmoral en la tierra de Peñaranda de Bracamonte, en la provincia de Salamanca. Casado con Doña Africa García Ortega, natural de Arroba de los Montes, en la provincia de Ciudad Real. Y ambos, llegados a  un pequeño pueblo manchego, con sus ilusiones contenidas y con ideales callados, que no eran tiempos, aquellos, para ir publicando -ni por  calles ni por plazas- los pensamientos de cada uno. Luego, poco a poco, nos iríamos enterando de los “dimes y diretes” propios de los pueblos. Decían que  si había sido seminarista, que si era de izquierdas, que si tal, que si cual,… Cuando comprendímos el fin  de aquellos comentarios ya era tarde para quienes los hacían porque para entonces, para muchos de nosotros, don Alberto, era ya algo nuestro, muy nuestro. [Se que su hija Paloma leerá este “poyete” y tengo que ser sincero con ella; a lo largo del mismo no aparece tanto como fuera justo la figura de su madre: Doña Africa, pero para mi ella fue siempre mi profesora de francés y luego con el tiempo, la compañera esencial, vital y necesaria de mi Maestro. Sí creo que fue muy sutil y artista. (La recuerdo siempre vestida de negro) Creo que no te moleste, Paloma, pero  tu madre, imagino que con el apoyo de tu padre, supo muy bien elegir tu nombre completo: Paloma de la Paz. Tu, posiblemente, fuiste su venganza callada y dulce, simplemente con el nombre. Claro, decían algunos: ¡la Virgen de la Paloma y la Virgen de la Paz”. Cosas de los pueblos].

Es curioso, ahora pasado el tiempo, que aquellos  tres cursos en que lo tuve como maestro, me parezcan ahora mucho tiempo, como si  lo quisiera alargar para ir recordando todo lo que decía, lo que nos decía,… lo que me decía. No dirigió nuestras vidas, no se molestó en hacernos pensar como él pensaba; nos dejó crecer, ante todo, en libertad; nos enseñó a ser nosotros mismos. Al ir hacía la escuela nos haciamos los encontradizos con él y a su lado, por la calle, nos iba comentando cosas de lo que pasaba en el mundo. Nuestros asombrados y cortos años, se abrían para dejar que nos llegase la explicación de los primeros viajes espaciales, y esa risa tan especial, tan especial y suya, tan contenida, nos daba a entender cuánto disfrutaba enseñando y viendo como nos dejábamos enseñar. Después, pasando el tiempo, ya en Madrid, coincidí con él varias veces y noté como si volviese a sentir sus lecciones, recordar  aquella idea, a la que no hice caso, de que estudiase periodismo o algo asi. Junto a Francisco Rojo Romero (Trujillo) visitamos  lugares como el mítico Café Gijón, coincidimos con grandes autores como su amigo, el dramaturgo Lauro Olmo. Recuerdo que un año, en vendimias, aparecieron los dos en nuestra pequeña bodega; el ilustre autor se mostraba entusiasmado viendo nuestras bodegas y nuestra cosas oyendo nuestra forma de hablar,… Creo que fué la última vez que hablé con él. Poco a poco, las distancias, los trabajos, los avatares de nuestras vidas, nos fueron alejando pero no olvidando a aquel castellano viejo que nos enseñó tantas cosas como enseñarnos a vivir. Al final de su vida pude contactar con él, por carta y su hija Paloma me dio la explicación de por qué era ella la que contestaba. Había perdido la vista pero su corazón aún rebosaba de recuerdos y cariño.

Don Alberto (1d) en el Centro de Formación de Adultos “Alberto Barrios Rios”(Fuente: Mestre a casa/F.P.A. Proferor Alberto Barrios Rios)

En Alicante, en un Centro de Formación Adultos que lleva su nombre: “Profesor Alberto Barrios” (Creo con toda seguridad que le hubiese gustado más el título de Maestro) decían de él:Pero… ¿quién fue Don Alberto Barrios Rios? Un maestro. Con todo lo que esta palabra significa. Con ilusión. Con ganas de transformar la sociedad en la que le tocó vivir”….

En Villarta no somos muy dados a recordar a los que se van. Cuando surgen conversaciones de esas calmadas, no se como, siempre se termina hablando de los maestros que tuvimos o tuvieron. Desgraciadamente, al ir pasando el tiempo, van desapareciendo lo que hacían, enseñaban o decían los viejos maestros: Don Lorenzo, Don Leopoldo, Don Miguel, Don José Antonio o las maestras como doña Paula o Doña Anita; sus alumnos han ido también desapareciendo y ya de ellos solo se habla de oidas. Con otros, como mi maestro, Don Alberto, todavía podemos vivir de vivencias, de recuerdos oídos, de consejos que no seguimos pero que algunos, al final hemos encontrado. El me dijo que yo debería estudiar periodismo, pero me enseñó tanto de libertad que elegí otro camino. Ahora ya después de tanto tiempo siempre guardo un lugar en mi “poyete” para aquel maestro que al final de su vida rodeado de familiares y amigos y ya con el “jodido alemán” ( que decía un querido obispo de Ciudad Real), con el  Alzheimer, viviendo en él, les dijo: “Estoy confuso, pero os llevo en mi corazón”.

Don Alberto Scan.jpg
Don Alberto con un grupo de sus alumnos de Villarta (Archivo Personal)

La foto anterior ha estado rodando entre mis papeles. Creo que merece la pena disfrutarla aunque parezca una foto sacada de alguna vieja película que nos retrata con la pobreza y mal vivir de aquellos tiempos:  chaquetas heredadas, jerseys deslucidos, zapatos y botas a la espera de un buen betún y un grupo de alumnos -serios, pero conscientes de lo que podía suponer ese momento- que, a pesar de todo, mirábamos a la cámara en la esperanza de ser recordados junto a su maestro: don Alberto [ De izquierda a derecha, por orden: Adolfito (Adolfo Tabasco), Pepe Muñoz (el autor de este blog), Trujillo(Francisco Rojo), Don Alberto, Tomás Camacho, Pepe Tembleque, Pimpi(Marcelo González), Rafa Santamaria, Luis Garrigós y Jesús García-Filoso].

En ese mundo mágico que es internet he encontrado este escrito sin que sepa el nombre del autor, dedicado a un maestro:

Enseñarás a volar

pero no volarán tu vuelo.

Enseñarás a soñar,

pero no soñarán tu sueño.

Enseñarás a vivir,

pero no vivirán tu vida.

Pero sabrás que cada vez que ellos

vuelen, piensen, sueñen, canten, vivan….

estará en ellos la semilla del camino

enseñado y aprendido.

[Paloma, un abrazo muy fuerte para ti y para tu hermano. Espero que puedas darme algunos datos sobre tus padres. Y quizá, en otro momento, pueda escribir lo que ahora callo, lo que no recuerdo y lo que no sé de mi Don Alberto. Gracias.]

NOTA: La indicación que figuraba como “enseñanza libre” consistía en que durante el curso podías estudiar con quien quisieras (normalmente con el maestro de escuela que tenías) y al final de curso debías desplazarte al instituto donde estabas matriculado para hacer un examen por el que te evaluaban todo el curso. En realidad se trataba de examinarte de cada una de las asignaturas, una tras otra, en el mismo día.

José Muñoz Torres, Cronista oficial de Villarta de San Juan


One response to “D. ALBERTO, MI MAESTRO Y EL DE OTROS MUCHOS…. por José Muñoz Torres

  1. Pepe, estos de los “poyetes” que me gustan.
    Creo que mi hermano si fue a la escuela con don Alberto, yo lo conocí de verlo y la fama que tenía entre los chicos de que enseñaba bien pero que pegaba mucho, lo más cerca que estuve de él fue cuando fui a las escuelas de la calle chica (las primeras he hubo), yo iba con don Manuel, ese que en la foto del día del maestro está con gafas oscuras, era cojo pero usaba un “chuponcillo” de oliva que las yemas de los dedillos lo conocían bien. Cuando fui a las escuelas donde está ahora el Centro Social, primero lo hice con don Víctor, el que, cuando nos tomaba la lección y repetías la pregunta porque no te la sabías él canturreaba… “Siempre me dices lo mismo, siempre me dices lo mismo… Luego fui otro poco tiempo con don Miguel, allí fue donde recuerdo perfectamente como Alfonso y tú estabais situados cerca de la mesa del maestro y él os dedicaba bastante tiempo. La foto antigua del grupo de chicos del pueblo con don Alberto creo que no la había visto hasta ahora, es muy buena, a la mayoría los he reconocido sin leer los nombres, a alguno no. Debió dejar buena huella don Alberto en ti, se te sale por los poros. Muchas gracias. Un abrazo.

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s