Cuando llegan estos días, no se por qué, se van amontonando recuerdos sin orden pero con un patrón en común: las «Paces». Claro que luego, poco a poco, vas dándote cuenta de que eso es lo normal y que hasta que la I.A. (inteligencia artificial) no avance más y sea asequible a todas las personas, no podremos disfrutar (creo que mas que disfrutar habría que decir sufrir) de ver nuestros recuerdos ordenados del principio al final y solo necesitar una tecla en algo parecido a un ordenador que nos lleve a la fecha que queremos sin más esfuerzos que el de ver pasar imagen tras imagen sin poder detenerte a pensar en aquellas «paces» tan inolvidables a las que sin darnos cuenta le vamos añadiendo detalles que, aunque, quizás, no existieron, si nos hubiera gustado que hubieran formado parte de ellas y de nuestras vidas . Pero mejor es así, como estamos, viendo en otros las «paces» ilusionantes que vivimos en nuestros tiempos o que nos hubiese gustado vivir… (No sabía que foto poner pero lo mejor es que cada uno recuerde su mejor foto de «Paces». Así que buscarla y que no se os olvide)
Hace ya algún tiempo escribí en un programa de «paces» que lo firmaba como Joan de Villaharta una pequeña historia sobre un anciano; yo entonces le denominaba abuelo. Decía así:
Muy despacio, como contando los pasos, camina el abuelo. Es una noche fría de enero. Se apoya suavemente en un nietecillo que, a regañadientes, le acompaña. A los dos se les hace eterno el camino; al nieto porque estaba deseando llegar a la plaza de la Ermita para jugar con sus amigos que ya estarían «liaos» entre los montones de gavillas de la hoguera; al abuelo, porque estaba deseando llegar a la iglesia para sentarse tranquilamente en un banco; aunque la verdad mas que para eso, era para pensar en ella, en su mujer y de vez en cuando mirar a su Virgen de la Paz (ya no la ve bien sino que ya la mira recordando como era antes, pues ahora pensando en esas cosas, los ojos, sin querer, se le llenan de lágrimas). Y mientras hacía hueco a sus recuerdos mientras se acercaba a la iglesia , y para sus adentros, decía el abuelo: «con lo bien que estaríamos los dos junticos y no como antes que cada uno debía estar en un sitio: la mujer en el lado de las mujeres y los hombres en la parte de atrás, de pie. Algunos dicen que vaya la Iglesia lo que está cambiando y quizás sea asi, pero ahora los dos disfrutaríamos y lo pasaríamos tan ricamente…».
Salir esta noche, ir esta noche a la novena, le ha costado discutir con su hija. Esta le decía a su padre:
– ¿¡Pero cómo va a ir esta noche a la novena con el frio que hace!?;
Él, «cuece y calla», y hace como quien no oye; se pone la vieja pelliza, mientras decía para sus adentros: «Prefiero morirme de una gripe antes que de un disgusto» y cogiendo al nieto salen a la calle. Dentro de la casa aún se oían las voces de su hija: ¡Vaya un hombre cabezón; como se empeñe en algo, no hay forma…!
Grupos de personas, más ligeras, les adelantaban. Alguna mujer le iba diciendo a su marido:
–Date prisa que al paso que llevas hoy no cogemos sitio. Algunos de ellos se volvían hacia el abuelo.
–¡Abuelo, a dónde va con la noche que hace!- le dicen.
Y él tranquilamente le responde.
–Ya ves, hijo, a la novena.
(Se nos olvidaba decir que la noche aunque fría estaba alegre. Empezaban las novenas de la Virgen de la Paz y todo parecía animarse). Al abuelo le venían otros recuerdos a su cabeza; la verdad es que pensándolo bien se daba cuenta de que solo había dejado de ir a las novenas cuatro años: tres cuando la desgraciada guerra y otra vez cuando hizo el servicio militar; sólo el primer año de la mili, no pudo ir a las «Paces». El segundo año de mili y, teniendo en cuenta que uno de los sargentos era de Manzanares y que le tenía mucha estima le había dicho el sargento, casi paisano:
–José, (hasta ahora no nos habíamos acordado de que así se llamaba el abuelo), el lunes empiezan las «Paces», de tu pueblo ¿Te gustaría irte de permiso una semana?
El abuelo José, ahora después de tanto tiempo, aún recuerda aquella alegría que le dio el Sargento:
–«Me daría mucha alegría, mi Sargento»…
Así que él, ahora, estaba dispuesto a cumplir con esa tradición hasta el final..
Desde que José y la Antonia estuvieron casados, esta era la primera vez que no iban a ir juntos a la novena. El año pasado, a poco de terminar «las Paces», un achaque de vejez se la llevó para siempre… ¡cosas inevitables de la vida!. Y el abuelo saca el moquero y limpia las furtivas lágrimas que quieren rodar entre las arrugas que el tiempo ha abierto en su cara. Ya llegan a la plaza y mientras empieza a subir las escaleras, el nieto sale disparado hacía donde están sus amigos. Todavía no había casi gavillas para la hoguera, porque mucha de la leña para la hoguera era de gavillas de sarmientos, recogidos durante la poda, a pesar del frio, con amor. La modernización de la agricultura empezó por dejar de hacer gavillas pero nuestra gente buscó leña para su hoguera y poco a poco surgieron los leñeros que en la madrugá del día 23 iban a recoger la leña que habían cortado. ¡Cómo van cambiando las cosas!, recordaba el abuelo. Los recuerdos le van y vienen al abuelo. Al subir la escalera de la iglesia nueva, decía, regañando «entre dientes»:
-¡Con lo bien que se entraba a la antigua ermita! ¡ Estas escaleras las harían para gente joven! ¡ Cómo si los viejos no existiéramos! Pero le falta otro recuerdo el último cigarro antes de entrar a la Iglesia. Aunque su hija no lo ve, lo sabe y en casa, preparando cosas para las «Paces», dice: «Desde luego con este hombre no hay quien pueda; primero, con el frio que hace, tiene que ir a la novena y luego, el piensa que no lo se, pero ya se encargan los vecinos de decírmelo, tiene que echarse el último cigarro en la puerta de la Iglesia«.
Y así es; apoyado a las verjas de la puertas de la iglesia nueva, el abuelo José, con la rutina de tantos años, saca un cigarro y medio temblón por el cansancio y la emoción, lo enciende y ve pasar a la gente. Les gusta verlos, aunque ya a la mayoría no «los saca ni por la pinta». Se le ha ido acabando el cigarro sin darse cuenta (antes esa costumbre era más meticulosa: sacar la petaca del tabaco y el «librillo de papel», que pegaban suavemente al labio, mientras en la mano cogía un «puñaejo» de tabaco y con el papel dándole forma cilíndrica entre los dedos depositaba en él y dándole vueltas, le daba forma y cerraba las puntas y sujetándolo entre los labios sacaba el chisquero de mecha y encendía el cigarro). Ahora ya hacía tiempo que no se vendían «cuarterones» de tabaco picado y quizás si tuviera que volver a echar un cigarro, como antes, hubiese dejado de fumar…. Va pasando el tiempo y llama al nieto que sigue jugando con sus amigos. Entra en la iglesia y se encamina hacia los bancos de delante y espera a que empiece la novena. Es cierto que hecha de menos, el cómo se celebraban antes las novenas, pero últimamente la iglesia va cambiando mucho las cosas. Las de antes eran distintas pero llegó un joven cura con ganas de ir haciendo cosas nuevas… Y así fue como ese cura joven, Valentín, comenzó a explicar que las novenas estaban muy bien pero que sería mucho mejor decir también una misa. El abuelo aún recordaba las novenas tal y como se hacían antes: se decía primero el rosario igual que ahora y en el segundo misterio, cuatro personas a los que los de la Hermandad habían avisado, salían a pedir con un cestillo en el que claramente se veía lo que cada uno echaba . El predicador, era de fuera y en los programas de las fiestas se anunciaba de dónde; aprovechaba para ir confesado a los fieles y así todos los días de novena durante los cuales estaba todo el tiempo aquí en el pueblo. En el programa oficial de festejos se anunciaba: «Desde el día 14, a las nueve de la noche, Novenario y Sermón en la Ermita de Nra. Señora de la Paz, ocupando la Sagrada Cátedra el M. Rvdo. ( por ejemplo en el año 1951) Don Erán de María Díaz Ramírez, profesor de Religión del Instituto de Enseñanza de Puertollano.» Después del Rosario, el Predicador con mucha experiencia, empaque y solemnidad, iniciaba la lectura del Sermón, a la mitad del cual muchos niños y no tan niños se iban sumiendo en un profundo sopor. (A pesar de todo y después, cuando terminaba la novena, a la salida de la iglesia, los fieles hacían valoración de la predicación que no siempre obtenía la aprobación de los fieles que estaban muy atentos, sobre todo, los hombres, aunque a veces algún que otro ronquido seguido de un codazo daba pie a pensar que muy bien no parecía que hubiese estado el Predicador. Después de la Predicación se celebraba una exposición al Santisimo, cantando el famoso Pange Lingua: Pange, lingua, gloriosi Corporis mysterium,. Sanguinisque pretiosi,. Quem in mundi pretium. Fructus ventris generosi. Rex effudit gentium. Nobis datus, nobis … (La verdad es que sólo la Virgen y Dios y algún sabidillo del pueblo entendían lo que el pueblo cantaba, pero al menos el tono si sonaba). La otra canción era la de Tatum ergo: «Tantum ergo Sacraméntum, Venerémur cérnui: Et antíquum documentum. Novo cedat rítui; Præstet fides suppleméntum. Sénsuum deféctui…», y la Salve Regina esta, en nuestra versión peculiar que, ¡bendito sea Dios!, cuando esa canción llegase a los oidos de la Virgen,… aunque no parece que a la Virgen de la Paz le desagradase pues en su cara se adivinaba una sonrisa especial. Después se procedía a dar la comunión.
Ahora, reconoce el abuelo, la novena es mas llevadera, aunque claro ahora el Predicador no puede esta de continuo durante los nueve dias de novena. Pero aún así a veces, el abuelo, se queda en dormivela, mientras sueña o, tal vez, piensa en otras «Paces» quizás mas alegres, como aquel año en que cogido de la mano de su padre y encongiéndose con el trueno de los cohetes, fue por primera vez a la procesión, Medio dormido y todo, a pesar de todo el tiempo que ha pasado, no puede evitar una sonrisa cuando recuerda el miedo que pasó con los cohetes y como se peleaba con todo el mundo diciendo que él no tenía miedo porque era ya un hombre…, o las «Paces» cuando se hizo novio y que, a pesar de todo el jaleo ( Tenía que apartarse de su novia, la Toñi, como él la llamaba, cada vez que se cruzaban en el con algún familiar de ella)… ¡ era un sinvivir, pero que ilusión poder ir un «ratejo» junto a ella!… o cuando llevó a su hijo, al que está en Valencia, a la procesión (¡Que mal lo deben estar pasando este año ..!) o quizás cuando… Bueno en los sueños o cuando dejamos que afloren los recuerdos solo recordamos lo mejor…
De pronto el nieto le tira un poco de la manga:
–¡Abuelo, que se duerme!, -le dice muy quedamente.
–¡Cómo voy a dormirme!, -le replica malhumorado.
Pero al abuelo le pesan los años y tan sólo al final despierta sobresaltado para unirse al coro general que entona el himno a la Virgen. Sale a la calle y cogido de su nieto piensa, mientras regresa a su casa, que, quizás, este sea el último año que asiste a las novenas, aunque este año, gritando ¡Viva la Virgen de la Paz! ha vuelto a estar mas cerca de su Antonia.
JOSÉ MUÑOZ TORRES, CRONISTA OFICIAL.
Muy bonito. Gracias
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Gracias a todos vosotros por vuestros comunicados. Un abrazo, Gerardo.
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