Si, -es mi opinión personal- cada día se escribe una historia, nos guste o no, y es una nueva historia que pasa a formar parte de la humanidad, aunque la humanidad, nunca ha tenido tiempo de llegar a conocerla en su totalidad. Es más, incluso la historia que nosotros llamamos HISTORIA, cambia constantemente sin que sepamos muy bien porque se ha producido ese cambio ni si va a afectar, o no, a la vida de la humanidad. Otra cosa es el hecho de contar la historia. El ser humano tiene una característica típica y es el deseo, no solo de saber, sino el de descubrir como fue en realidad esa historia que medio conocemos y sobre todo que se sepa quien ha sido el descubridor de la nueva y verdadera historia. Verdaderamente para el tiempo bochornoso que nos está tocando sufrir en estos días, el tema de nuestro «poyete» de hoy no parece que pueda ser interesante porque poco nos va a descubrir. No solo nos va a descubrir poco sino que la historia, escrita o recordada de boca en boca por los demás, va a hacer que la historia que contábamos hace poco vaya variando, vaya cambiando porque se han descubierto cosas que estaban ocultas y cuyo contenido desconocíamos. Por otro lado, la historia que, siendo sinceros, solo es un conjunto de recuerdos, nos va a exigir dentro de nuestras vidas, actos de posicionamiento que van a dar lugar a muchas formas de actuar: leyendas, religiones, creencias, costumbres, … y sobre todo obediencia, respeto, cariño hacia todos aquellos que nos ha hecho llegar esa historia local, nacional, o vete tu a saber, que luego nos recordaba el maestro de turno que nos la explicaba, en aquellas escuelas en las que abríamos nuestras mentes a todo ese aluvión de vivencias que descargaba el maestro sobre nosotros y que luego, poco a poco íbamos espulgando para irnos quedando exclusivamente con aquello que aparentemente más nos interesaba. Exagerando, o resumiendo, esta historia nuestra de cada día, a veces importante, otras insignificante, es la que dio, da y seguirá dando origen a leyendas, costumbres, religiones, etc. que luego, más o menos deprisa, se irán modificando, dando lugar a las que ahora disfrutamos, añoramos o vivimos. Se pueden poner muchos ejemplos pero casi no merece la pena, porque la historia nuestra de hoy, de ayer o mañana, nos irá montando poco a poco en otra forma de vida, otras costumbres y, sobre todo algo que se dice muy poco, es utilizar ciertas situaciones para sacar el mayor provecho personal de ellas.
Si echamos la vista hacia atrás, y refiriéndonos, exclusivamente, a nuestro pueblo, podríamos comprobar que la desaparición o la aparición de nuevas tradiciones no han sido por injerencias externas, sobre todo en las desapariciones de tradiciones o costumbres, sino por procesos lógicos de evolución de nuestra sociedad que no nos hemos molestado en descubrir o estudiar porque nos ha sido muchísimo más cómodo echar la culpa a otros ajenos ( en la época en que nos encontramos es mejor echarle la culpa a los «panchitos», «moritos», ¡vete tú a saber!, a cualquiera que nos interese para nuestros propósitos personales y no siempre bienintencionados. (Algunos de forma inconsciente hablan de ¡recuperar nuestra esencia!).
Para los que «peinamos canas» ( es un decir porque muchos lucen o lucimos, calvas brillantes») nos es fácil recordar cuales eran nuestras tradiciones, nuestras costumbres, nuestras diversiones, incluso recordar que ya en los lejanos años sesenta, podíamos encontrar ciertos enfrentamientos ideológicos, entre chicos de nuestra edad, enorgulleciéndose, unos de pertenecer al Frente de Juventudes y otros a Acción Católica. Sería fácil recordar cuales eran las diversiones de las tardes de los domingos ( y si no podemos preguntar a otros de mejor memoria): el paseo, «en pandas» ( mas ordenadas las de chicas que las de chicos) a lo largo de la carretera, desde la plaza de la Ermita hasta la entrada del puente romano, al que todos le llamábamos «puente viejo». Para los mayores la diversión era más sedentaria: el habitual «truque», de los amigos ya mayores, que celebraban cada domingo en casa de uno de ellos, acompañándose de una buena limonera o lebrillo, repleta de buena limoná, no muy fresca que entonces el hielo era impensable y algún que otro plato de jamón, torraos,…

Todos alrededor de la mesa del comedor, ( no siempre, que a veces tenían que echar mano de la vieja mesa de la cocina y algunas sillas bajas con asiento de esparto o «hinea» (anea). Para las mujeres de esos buenos amigos, que echaban partidas de truque sin interrumpir hasta casi la hora de la cena, las tardes los domingos no eran precisamente una tarde de fiesta, sobre todo para la mujer de aquel que le tocaba ese domingo jugar en su casa. Esperando a que todos se despidiesen para empezar a limpiar la habitación que no habían tenido cuidado en dejar muy limpia. Algunos de los amigos al salir a la calle se «daleaban»[la palabra correcta sería la de «ladearse» pero en un lenguaje vulgar se ulizaba el verbo «Dalear»: andar moviéndose de un lado para otro] quizás como consecuencia de algún vaso de más de «limoná» (No había que confundir la limoná con la «zurra»)

Para la gente joven el paseo de los domingos por la tarde tenían más atractivos, sobre todo para los novios o aquellos que buscaban serlo. El puente «viejo», que mantenía, en pie alguna de las «paredillas», era el sitio ideal para estar cómodas las parejas, hablando de sus cosas, de su futuro, de sus ilusiones, a resguardo de miradas inquisidoras, aunque no se escapaban de alguna broma de los «chiquetes», que desde la pequeña isla situada donde ahora está la nueva que hicieron para los patos, incordiaban a las parejas, hasta que colmaban la paciencia de alguno que terminaba con algún «tortazo» en la cara, no del que mas se la merecía, sino el que más a mano se encontraba. Poco a poco, la tarde iba acabándose y algunos novios, a su pesar, tenían que dejar a la novia para ir a preparar, el pienso de las mulas. Después iban a la puerta de la casa de la novia para charlar un rato en la puerta, «pelando la pava«, hasta que desde dentro de la casa la voz de la madre, que no admitía rechistar, decía el nombre de la novia que deprisa y corriendo se despedía del novio; por cierto, la calle no siempre estaba bien iluminada no por ahorro de luz, sino por conseguir mayor intimidad de la conversación en la puerta, pues siempre aparecía rota al bombilla que más «estorbaba». Todavía quedaba otro «ratejo» para disfrutar los últimos momentos de un domingo más: la película, bien en el cine de verano de Adolfito o en el de Dolores.

A la madrugada siguiente, los primeros ruidos de las mulas mientras iban al corte, no impedían que las voces, unas más entonadas que otras, dejaran escuchar las letras de las canciones de la película del domingo por la noche, quizás aquella tan famosa y de letras pegadizas de Morena Clara. Algunas mujeres, madrugadoras, estaban ya junto a las portadas de las casas recogiendo las «cajoneras» de las mulas y aún a lo lejos se oían la voz de los gañanes, cantando con mejor deseo que oído, alguna de las canciones de la película:
Gitana, que tú serás
como la falsa monea,
que de mano en mano va,
y ninguno se la queda…
o aquella que en la voz de Miguel Ligero, tan famoso se hizo durante mucho tiempo:
Huyendo de los civiles,
un gitano del perchel,
sin cálculo y sin combina,
¡que donde vino a caer!
En un corral de gallinas,
¿y que es lo que alli encontro?,
pues una pava fina
que a un pavo le hacia el amor.
Saltó la tapia el gitano,
con muchísimo talento
y cuando se fue a dar cuenta,
con un saco estaba dentro...
Ahora, y no sé con que intenciones, se quieren cambiar las historias en vez de contarlas tal y como fueron. Si hay algún interés lo desconozco, pero la vida en aquellos momentos a los que algunos parecen querer volver como si hubiese que recobrar algo que se perdió, fue la que fue, mas afortunada en unos sitios que en otros pero… Pero mas que buscar una verdad nueva, totalmente distinta de como fue la vida de nuestros pueblos, lean, pregunten o intenten recordar como fueron aquellos años que muchos parecen querer que vuelvan. A partir de los años sesenta, una palabra nunca utilizada en nuestro pueblo empezó a tomar vida: emigración, emigrantes, …

Y hubo un momento en que se empezaron a perder costumbres y a pesar de todo muchas familias empezaron a echar en falta la noches en las cuadras de los hombres; muchos de los hombres no tenían el cuerpo ni para el truque de los domingos. La modernidad, la economía, el interés, había ido sustituyendo las mulas por esos «trastores» tan cómodos para trabajar, aunque fueron como una lotería y algunos vieron como sus «amos» aún no prescindían de sus mulas, aunque veían como cada vez más eran los que de la noche a la mañana, se quedaban sin trabajo. Los herradores, los esquiladores, los tratantes, veían como su negocio, su trabajo iba de capa caida. Los talabarteros ya no tenían tantas peticiones para arreos o guarniciones nuevas y en muchas casas se veía, como poco a poco, pajares y cámaras, se convertían en almacenes de herramientas, de aperos o arreos que al final caían en el olvido colgadas de algunas estacas ( Posiblemente todavía quede alguna en la misma forma y lugar que cuando se colgaron). Algunas novias empezaron a perder de vista el puente y por la tarde y cada vez con más tristeza y desgana, seguían cosiendo su dote. Algunas tardes iban a casa de Enrique, el cartero, por ver si tenían carta de su marido o su novio y de vez en cuando, alguna, como loca, iba repitiendo a todo con el que se cruzaba. ¡Ha encontrado, trabajo!… Y Villarta en poco tiempo vio como más de 600 personas buscaban una nueva vida en nuevos lugares. Para ellos no fue empezar desde cero, fue algo mucho más duro y por algún rincón de alguna casa se encontraran fotos de cuando se iban, de su familia que quedaba llorando, y asi se fueron acostumbrando a una nueva vida de emigrantes que no fueron a ningún sitio a quedarse con nada sino a entregar su sudor y sus penas para seguir viviendo….