«Debiendo ser los historiadores puntuales, verdaderos y no nada apasionados, y que ni el interés ni el miedo, el rancor (en el original rancor: odio, rencor. Diccionario de la R.A.E.)] ni la afición, no les hagan torcer del camino de la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir.» [CERVANTES SAAVEDRA, MIGUEL DE. Don Quijote de la Mancha. Primera Parte. Capítulo IX. Pág.70. Editorial Gredos. Madrid.].
Hasta ahora los «poyetes» que hemos contado han sido, -quizás con inevitables errores-, puntuales y ciertos; pero a veces, pensando que nos quedamos cortos, nos empeñamos en contar historias que sean comprendidas por todos y esto si que es una idea absurda y que se queda fuera de nuestros deseos y de nuestra realidad. No existen, en mi opinión, historias que puedan ser comprendidas por todos y mucho menos aceptadas por todos; pero…. sí existen historias que no han querido ser aceptadas porque molestaban, y estas historias, que si han existido, dormirán para siempre porque, si se llegan a escribir, nadie comprenderá que es lo que se quiere contar ni por qué decirlo ahora después de tanto tiempo. Cambiar lo pasado, ni para bien ni para mal, es imposible, pero, al menos, si servirán para acercarnos a las alegrías o tristezas de aquellos paisanos nuestros, cuyas caras, se nos han ido desdibujando Cuando empezamos a publicar este blog, no pensamos nunca en cual sería su recorrido ni su duración, pero ya son más de 400 semanas en las que hablamos de Villarta de San Juan, principalmente. Era el 4 de septiembre y su título fue: Abriendo nuestra historia y decía así:
«La abuela Josefa y yo nos sentábamos, tarde tras tarde, en el poyete de casa. Hace aproximadamente setenta años. La calle había sido empedrada recientemente y los carros, que por ella pasaban, al caer la tarde, impedían, con el ruido que sus ruedas encintadas de hierro, producían, en contacto con los guijarros, oír gran parte de lo que ella me contaba.Eran años difíciles, aunque yo, entonces, no lo supiera; eran años de silencios, de secretos, de palabras amordazadas, años de saber y tener que saber diferenciar el azul y el rojo, como si el azul del cielo manchego fuese mas importante que el rojo de la sangre, como si ambos colores no formasen parte incuestionable de nuestras vidas. Decía que mi abuela, llena de arrugas, me miraba intensamente. Vestía de negro, con un ligero mandil de cuadros grises y negros. Pausadamente, con las manos sobre su regazo, me contaba viejas historias que su abuela, la «tía diablo» -como parece ser que fue llamada por los franceses- le contaba de la guerra de la Independencia. A veces, su hermano, el tío Diego, tomaba también asiento en el poyete y recordaba otras historias mas recientes que él y mi abuelo habían vivido en la guerra de Cuba. (Por algún lugar, entre mis cosas, debe encontrarse aún la medalla militar que en dicha guerra concedieron a mi abuelo).Mi abuela murió pronto y el poyete quedó vacío sin ella y sin ella yo no tenía mas remedio que comenzar mi propia historia con otros chicos en la contigua plazoleta donde fuimos guardando nuestros sueños e ilusiones en cada uno de sus rincones; sueños que, poco a poco, la tierra de la plazoleta, la tierra del olvido, fue sepultando. Pasaron años interminables que ahora nos parecen breves momentos y durante ellos, ese maestro que deja huella; ese austero salmantino, don Alberto, que sin pretender definirla nos habló de historia como recuerdos de lo ocurrido; reconocimiento de los errores cometidos y transmisión de lo que vayamos descubriendo o realizando para que nada quede enterrado por el polvo del olvido porque todo, hasta lo mas nimio, puede ser la perfecta explicación de nuestras vidas.Poco a poco, unos aparatos ruidosos fueron reemplazando -con rentabilidad- a las viejas yuntas de mulas. Las galeras perdieron sus «lanzas» para convertirse en remolques y los gañanes dejaron de dormir en las cuadras y se preparaban para dejar su pueblo, buscando algún lugar, por muy alejado que estuviese, donde poder seguir viviendo o malviviendo de su trabajo.Unos momentáneamente, otros de forma definitiva fuimos dejando atrás Villarta, sin mas recuerdos que nuestras vivencias familiares y ¡eso sí! con el recuerdo de la Virgen de la Paz y sus fiestas en el corazón. Algunos volvimos y conocimos a gentes como Juan de Dios, el poeta labriego, que nos volvió a hablar de otras historias de Villarta y junto a él recorrimos nuestras tierras descubriendo parte de nuestra historia…Los tiempos han pasado, los medios han cambiado y el viejo poyete ya no es lugar para recordar y revivir historias y por eso desde aquí -desde este blog- permitidme que vuelva a ser el viejo poyete desde el que, con cierta asiduidad, hablemos de esas cosas que me comentaron, de aquello que he leido, de eso que solo vosotros sabéis, … de todo aquello que de alguna forma nos hable de Villarta de San Juan, en el antiguo y olvidado Priorato de San Juan.
Pero siempre a continuación de una respuesta, -aunque sea nuestra- viene a reglón seguido una nueva pregunta, quizás más clara a la cual no queda más remedio que contestar. Y es que, con el paso del tiempo, aunque se olviden muchas cosas, hay otras muchas que se van aclarando y cada vez se hacen más claras y exigentes en espera de respuestas. Y una de estas preguntas hizo volverme a esos años duros de principios de los cincuenta, cuando en un día de carnaval, me perdí o quizás tuve la suerte de perderme en mi pueblo y dar vueltas sin sentido buscando la calle de vuelta a mi casa. Hasta ya muy mayor nunca recordé este incidente pero me quedó grabado el estar dando vueltas por la plaza de «Cebollete»… Entonces aún vivíamos en la casa de las «Davisas», un enorme caserón que se abría con una portada frente a la casa de Pepe, «el del ojo», bueno, la casa de la Gloria, -al principio de la calle del Monte-, que permitía una entrada hacía los corrales. Un jardín bien cuidado separaba las casas de vivienda de la zonas de la cuadras, que tenían a sus espaldas, lo que después serían los locales de Falange, en la primera planta y abajo las oficinas de la «Hermandá» de labradores (antes de la guerra, en ese mismo lugar estuvo un primer cuartel de la Guardia Civil y la actual calle de Cristo Rey, era conocida, lógicamente como la calle del Cuartel). Con el tiempo, sin darnos cuenta, aunque ya vivíamos donde el comercio de Faustino, -mi hermano-, empezaron cambios sin fin: Se empezó a empedrar la calle, desaparecieron cuadras e incluso la portada a la calle del Monte tuvo que ser eliminada,.. ¡cuantos cambios!. Lo más duro empezó un poco mas tarde y fue todo muy rápido y los lamentos, las caras tristes, de las mujeres, la rabia contenida de los hombres jóvenes, … Yo, ahora creo, que si sabían desde hacía tiempo todo lo que se les venía encima, pero en silencio, sin decir nada a nadie; en voz alta, todos, se daban las mismas respuestas: ¡ Pero no nos vamos a ir todos! ¡alguien tendrá que quedarse…!, decían los gañanes, cuando empezaron a oír hablar de los tractores. Las ilusiones escondidas, de los muchos gañanes y de las gentes del campo comenzaron a sentir alegrías desconocidas hasta entonces, aunque fuesen, como se decía aquí, «con la boca chiquitina». Los domingos, antes de despedirse de las novias para ir a las cuadras, casi todos se hacían cuentas e imaginaban un futuro que no llegó para todos, ni mucho menos: ¡A ver si ya nos olvidamos de las dichosas mulas y del olor de las cuadras.., -decía el novio como si fuese a ocurrir mañana mismo-. La novia no veía las cosas tan claras; Ellas, en cambio, no creían en un milagro tan rápido..: «Qué quieres que te diga .. yo en los milagros no creo mucho, pero ya iremos viendo». No se ha hablado mucho de estos momentos engañosos de nuestros pueblos. No porque fuera un engaño la modernización del campo; ni que la gente del campo, «los gañanes», pudieran olvidarse de las mulas y de las cuadras; no, el engaño quizás fue más cruel.

La llegada de los primeros tractores, arrimaban a los más jóvenes, junto a ellos; ojos abiertos e incrédulos miraban a esos «cacharros», con miedo, con sorpresa, con dudas. Los más jóvenes pensaban ya en que tendrían que sacarse el carnet para conducirlos. Miraban y remiraban y los que ese sábado volvían a la cuadra, entraban en ella, como si fuese la última vez y muchos de ellos con temor. Algunos de ellos esa noche extendían la saca de dormir rellena de paja y esparto que cubrían con la manta «terillana» [Manta de mala calidad, a cuadros marrones y blancos o simplemente marrones con tiras blancas, utilizadas por los gañanes en las cuadras o en el campo. MUÑOZ TORRES, JOSE. Dicc. manchego de andar por casa. https://villartadesanjuanhistoriaymemoria.] Las noches de cuadra siempre a dormivela, se les hacía cada vez más largas y alteradas. Esos días, sin embargo, la «alboreá» llegaba sin haber concialiado un poco el sueño. A la Capitana o a la Ingeniera, la yunta del gañán, no iban a tener buen día ¡ni mucho menos!. Alguna noche de esas la pasé con Felix, mi primo en la cuadra. Refiriéndome a aquel momento, bastante tiempo después, escribí:
«Ese día no fui a la escuela». En el corral de la vieja casona se rompe el alba con cantos, entrecortados por gritos y órdenes sin sentido. Palabras duras y restallantes, como escape a una injusticia permanente, ruidos de rejas y arados, abren los ojos del niño que, por primera vez, sale al campo con la ilusión de lo desconocido. Al poco, las callejas del pequeño pueblo se acaban y una llanura infinitamente anaranjada, envuelta en una neblina, aún fría, va pasando lentamenre… Hoy, después de tantos años, creo recordar que iba detrás de un arado que abría, de par en par, la seca tierra, como una boca enorme, dispuesta a tragarse hombres e ilusiones. El joven gañán, Felix, ese entrañable familiar, casi hermano, cogía, de cuando en cuando, mi mano desacostumbrada y con sumo cuidado la ponía entre la esteva y su mano, haciéndome creer que era yo el que trazaba el surco infinito que terminaba en el horizonte perdido. No recuerdo descanso, ni comida, no recuerdo la largueza de ese día, no recuerdo la vuelta, posiblemente deseada, al pequeño, pueblo… No recuerdo nada mas que esa mano que me sujetaba al arado y una voz alegre, a pesar de todo, que se hundía, para siempre en la tierra, en esa tierra nuestra que entonces empecé a sentir y querer. Las mulas sumisas, reconocían a la perfección las ordenes del joven gañán: ¡Arre Capitana, arre Ingeniera,..!
Y por aquellos tiempos comenzó una historia triste que nunca se ha contado ni nadie se ha atrevido a contar. La «Pava» ( la «viajera»), cargaba todos los días con juventudes tristes tirando de viejas maletas de madera que aseguraban con ataduras de cordetas o cordelillos para mas seguridad. El lugar donde está ahora el «Kiosko», se llenaba de familiares tristes que con un pañuelo en la mano intentaban ocultar las lágrimas del dolor…. El tiempo se hacía eterno y deprisa, no había que alargar las despedidas no queridas, iban subiendo a la vieja Sepulvedana, camino de Madrid a donde coger el tren que les llevase a otro lugar donde empezar nueva vida. Los que quedaban, novias, mujeres, madres, no sabían como empezar a volver a las casa ya más vacías; algún chiquillo, despistado, asistía a aquella despedida, esperando, sin saberlo, que pronto se podría reunir con su padre, como en aquellos días de lluvia en los que le acompañaba a aquel corral enorme que ya no existe para coger pajarillos como un aperitivo imprevisto. Por aquellos tiempos muchas tierras se abrieron a nuestras gentes: Madrid, Cataluña, Valencia,… Eran otros tiempos, las autoridades o «fuerzas vivas» de esas tierras no pusieron pegas a la llegada de gente de la Mancha, acostumbrada a trabajar, de sol a sol. Les vendieron tierras inútiles a las afueras de sus pueblos para que pudieran edificar, por las noches, chabolas donde malvivir y trabajos duros y no muy bien pagados de los que pudieran sacar algo para comer y ahorra para mandar a las familias. En nuestro pueblos aún quedan cuadras vacias que podría contar a aquella historia, viejas casas (algunas se habían empezado a edificar, muy poco antes de esa migración. Algunos más aventureros saltaron fronteras y fronteras y se fueron a levantar paises desvastados por la Guerra mundial. Hay mucho para escribir, muchas imagenes para no olvidar. Hace poco los Goyas han premiado a una película que habla un poco de todo lo que pasaron nuestra gente. Recordar «El 47» o mejor aún escribirlo que no borre el tiempo tanto como se perdió.
Después de tanto tiempo, algunos vuelven para la Paz, a otros les da pereza y prefieren recordar sus Paces de entonces en la nueva tierra que les acogió o mejor en esa tierra en la que supieron ganarse a su gente gracias a su trabajo y gracias a la honradez que fueron sembrando. Hoy después de tanto tiempo, por enero, con el frio pero aún con ilusión algunos de aquellos que marcharon abren las puertas de sus casas a los hijos, ya bien entrados en años, sientan a su lado aquellos nietos que van granando y a los que aquel joven matrimonio, ya muy mayor, algunas veces ya no entienden. Y a su despacio les van contando su historia y dicen: «ahora ya tienen que estar con la Operación 2000.» Los nietos lo tienen aprendido e incluso alguno de ellos tapando los sollozos de los abuelos se unen a una voz querida, aunque cada vez mas floja, de una abuela que parece, como si se viera en la Plaza de la Ermita de aquel pequeño pueblo donde nació cantando: «Viva la Virgen nuestra patrona..» Alguien con calma y quizás desde vuestros domicilios nos deberíais escribir algo sobre ellos que tanto perdieron y que bien merecen una historia querida y sentida que hable de ellos.
JOSE MUÑOZ TORRES, Cronista oficial.