ES DE BIEN NACIDOS SER AGRADECIDOS, por José Muñoz Torres.

Hace ya algunos meses con motivo de la celebración del 40 aniversario de la creación de la Biblioteca Municipal de Villarta de San Juan, se hizo una propuesta por parte de Misi ( responsable y «alma» de nuestra Biblioteca). En la entrega de recuerdos de este acontecimiento, Misi hizo la propuesta al Ayuntamiento de que nuestra Biblioteca llevase mi nombre, ante cuya petición yo comenté que nuestra Biblioteca llevaba el mejor nombre que podía tener: Biblioteca Pública Municipal Villarta de San Juan. Desde entonces fueron pasando meses y días y yo convencido de que ahí había quedado todo. Pero no fué así y el caso es que desde hace unos días según acuerdo del Ayuntamiento pasará a tener el nombre de «Biblioteca Pública Municipal de Villarta de San Juan José Muñoz Torres». Y por tanto me queda el honroso deber de dar las gracias a todos: a los que han hecho posible ese acuerdo, a todos los que me han felicitado por ese hecho y a todos, en especial a la Corporación Municipal, porque al fin y al cabo, es un honor que nunca se me había pasado por la imaginación que podría recibir. ¡Muchas gracias a todos! Pero me vais a permitir que aproveche este «poyete» para hablar de ciertas cosas y de ciertos escritos que por ser tan personales sólo aparecieron en algún programa de «Paces» firmados por un tal «José Ocaña del Reino».

[Alcaldesa, Concejal de Cultura, Misi, Miguel Angel, Luismi, … ¡Habrá que pensar en hacer una fototeca!]

Y a veces, sobre todo aquellos que explicamos las cosas por escrito, necesitamos, -también por escrito-, explicar claramente lo que en un momento determinado hemos dicho. Y para ello hemos de empezar haciendo una breve pregunta: ¿Quien no conoce o recuerda a mucha gente de nuestro pueblo que pasó su vida haciendo el bien y haciendo bien las cosas? A poco que lo pensemos caeremos en la cuenta de todos esos nombres de personas que, en su día a día, fueron dejando hechos y actuaciones suficientes como para ocupar un lugar en la pequeña historia de nuestro pueblo. Es cierto que quizás esas actuaciones no fuesen actos espectaculares, -como tampoco el mio lo es-, pero si es cierto que Villarta de San Juan, ha sido, es y esperemos, que siempre lo sea, un pueblo de buenas personas, entre las que, de vez en cuando, alguna destaca o queda memoria de ella por el momento que ocurrió o por las circunstancias del hecho en si. Haced la prueba y vereis como, a juicio de cada uno, aparecerán muchos nombres de villarteros y villarteras, merecedores de un recuerdo permanente. Por ello en aquel momento en que, públicamente, dije que la Biblioteca tenía el mejor nombre que podía tener: Biblioteca de Villarta de San Juan, era un reconocimiento sincero de todo lo bueno que recoge una palabra como «Villartero/a». Para mi es un orgullo el reconocimiento personal que me habéis dado pero tengo la necesidad de desear que todos los villarteros se consideren titulares conmigo. Personas como Misi, que empezó conmigo este maravilloso trabajo y ahí sigue, siendo recordada por tantos que acudían a la Biblioteca (bueno a Misi ) para algún problemilla o buscando algún consejo. ¿Puede verse normal el hecho de que todos los años, a principios del mes de diciembre, durante una larga semana, tantísima gente de Villarta, suba a nuestros escenarios para hacer llegar al resto de villarteros, una colección de espectáculos de música, baile, teatro, recitales, …? Hemos tenido la suerte de que personas como Misi, estuviera presente y al frente. Hemos podido ver como a altas horas de la noche, terminada su jornada laboral, una luz seguía encendida en la Biblioteca.. Aquel grupo de jóvenes [Enrique Alabau y su hermano José Luis, Faustino, y otros que no recuerdo] en noches frias, después de su trabajo diario, acudían a un poco confortable salón del viejo cuartel y luego sede de Falange, para enseñar a muchos de los quintos, que no sabían leer ni escribir, las cosas suficientes para seguir en contacto con su familia o con su novia,… ellos si lo recordarán. Gente como ese grupo ( que no se nos olvide) que liderados por Juan Carlos (nuestro cura durante once años) hicieron posible que la Iglesia vieja de Villarta, recuperase su sencillo esplendor,… Así que a ella y tantos y tantos que nos habéis hecho llegar vuestro esfuerzo, para nuestro disfrute o necesidad, mi enhorabuena y mi agradecimiento.

Quizás la vida de muchas personas, gracias a algo sin importancia o casualidades de la vida, toma derroteros distintos de los que las circunstancias del momento podían preveer. Yo nací en los peores años de la postguerra, «en los años del hambre», con tan pocas espectativas de vida que solo el aroma de un poco de vino que mi tía Juliana, acercó a mi cara, me rehizo y así nací a la vida con profundo sabor manchego. Parece que todo en nuestras vidas se debe a la suerte o a la casualidad, sobre todo en nuestra infancia o juventud y debe ser cierto porque no hay día en que, sin saber cómo ni por qué, no aparezcan imágenes o instantáneas de famliares o amigos con los que hemos compartido tantas cosas o ese maestro salmantino, Don Alberto, que, al final, consiguió que yo fuera lo que él creía que podía ser;…. a tantas personas que fueron formando parte de mi vida, villarteros/as que se fueron buscando un camino que les permitiera vivir, unos a un pueblo que ya forma parte de nuestra pequeña historia: Almassera, otros a Cataluña, donde empezaron a vivir hablando o mal hablando una lengua que aprendieron por necesidad y que, al cabo de muchos años, es la lengua de sus hijos y nietos que quizás consideren al pueblo de sus antepasados un pueblo olvidado de la España profunda ( algunos de sus antepasados siguen todavía año tras año escuchando las novenas de la Virgen de la Paz)… Algunos de ellos no volvieron a Villarta pero no creo que en la distancia la olvidasen nunca, rehicieron su vida lejos, otros nos dejaron para siempre aunque dejaron en nosotros un poso muy difícil de olvidar… En muchas ocasiones, como anécdota curiosa, he contado el hecho de que un día, no sé porque razón, pues no era muy «callejero», me perdí en Villarta ( tendría diez años) en una plaza que yo no conocía, -la plaza de «Cebollete-, y pienso ahora, que en aquel instante empecé a interesarme por Villarta; Tenía que volver a mi casa sin que nadie notase que estaba perdido pero tuve necesidad para ello de empezar a conocer mi pueblo…

Decía en un poema (todos los villarteros que aunque solo sea malamente, hayan tenido pretensiones de escritores, hemos sentido la tentación de escribir en el programa de «Paces»):

«Nadie me habló de tí, Villarta,/ cuando era niño./ Ni tampoco recorrí tus calles y plazuelas./ Mi infancia transcurrió yendo a la escuela/ y abriendo mis oídos a tus quejas./ Conviví con gañanes, olor de cuadra y tierra,/estuve en los soles esparcidos de las eras,/girando en las trillas/ tiradas por mulas somnolientas./ Compartí el pan moreno y la arada/ de la tierra ( recorriéndola surco a surco)/tan triste, tan seca, tan parda./Consagré el mosto con mis pies/ en húmedo jaraíz, altar del vino,/y grabé las huellas de mis manos /en las paredes grasientas, muchos años./ Entretuve sueños infantiles ,/ en los años de postguerra,/entre caserones tristes/ y en triste plazoletas./ ¡Y nadie me hablaba de ti!/ Y fueron pasando «paces»/(aquí los años no cuentan)/que posaron mis vivencias./Se me olvidaron las trillas,/ los arados,/las eras,/las huellas del jaraíz,/me olvidé de la plazuela../¡Y nadie me habló de tí!/Y pasaron nuevas «paces»,/ algunas sin mi presencia,/Y solo, en solar ajeno,/ hice fe de villartero,/ aprendiendo a conocerte/ con ausencias,/ rebuscando, poco a poco, en mis rincones,/ tu entraña,/ tu esencia…/ Y así en la distancia/despertaron mis vivencias/ y afloraron los recuerdos,/ y vi otra vez los arados y los trillos y las eras,/ y el húmedo jaraíz donde aún quedaban huellas../ Y hoy en la pequeña plazuela,/ llena de niños que ensueñan,/ les hablaré de Villarta,/ de su entraña, / de su esencia…/ «

Después, imaginando unas veces, recordando otras, fui escribiendo cosas que nunca pensé que pudiera hacerlas públicas alguna vez. Pero me habéis dado la ocasión de hacerlo y creo que este es el momento más justo. Villarteros/as de mi edad, poco más o menos, vivimos estas cosas. Fueron tiempos en que, por desaparecer, desaparecieron los colores y aparecieron mandados o recados de nuestros padres, acosejándonos el alejamiento de otros chicos por cosas que nunca llegamos a comprender

AMANECÍ

La noche fría se apretaba a las portadas huyendo del helado barro que cubría la calle. La soledad, la miseria y el miedo recorrían, con poder, el pequeño. ¡ Soledad y sereno!   ¡Miseria y sereno! ¡Miedo y sereno! La voz, aterida y forzada parecía querer recobrarla tranquilidad de otros tiempos: ¡ Las doce en punto y sereno! La nieve manchada de dolor se acurrucaba en los tejados. Los Reyes Magos acababan de pasar silenciosos, con su cargamento de ilusión vacío. Y aún así,    ¡ Amanecí a la vida!

LA NIÑEZ

     Han pasado lentos cortos años. El pueblo se ha vestido de silencio, de olvido, de resignación, de fracaso,… Como si lo que pasó no hubiese pasado. El dócil y engreído ganador ( si alguien ganó) levanta fuerte la voz, de vez en vez, aireando su victoria en esa guerra que perdieron, incluso él, todos. Miedos,  recelos, inútiles acusaciones que persiguen escasos beneficios y consiguen grandes penalidades,… Miradas torvas, gestos huidizos, pasos ligeros, adioses tímidos y entrecortados, puertas cerradas, conversaciones quedas, esperas permanentes e intranquilas, sin saber qué se espera,…. Los niños, incluso los hijos de los menos derrotados,vivíamos nuestra pobre infancia pueblerina, inconscientes. No comprendíamos, eso si,  la orfandad de padre ausente de ese otro niño asustado, siempre triste y siempre sólo, del que sin saber por qué, los demás nos apartábamos. Niñez de dos colores, sin llegar a comprender por qué el color de la sangre era peor que el del mar.

EN LA PLAZA

En la infantil plaza del recuerdo jugábamos los niños… En la monótona aridez, ningún árbol ninguna sombra, imaginábamos paisajes de leyendas y recreábamos aventuras imposibles.El viento tormentoso del verano ( era agosto), levantaba la seca tierra en una densa nube de polvo que se aferraba a los niños, cruel y batalladora,como el terrible enemigo de sus imaginadas aventuras. Pronto la derrota se adueñaba de la plaza. Los niños, vencidos, perdíamos el  paisaje imaginado olvidando la aventura, cada vez más imposible. Cabizbajos, limpiándonos el polvo, vencedor de la batalla, nos sentábamos en el rincón de la derrota ( Ese rincón siempre visible de todas las pequeñas plazas de pueblo, en el que siempre hay alguien, el perdedor de turno. Muchas veces, como entonces, perdíamos todos, igual que los mayores) Nadie hablaba. Pero la infancia es muy terca para aceptar la derrota. Porque sabe qué es la derrota nuestra de cada día y hay que vivir, antes de aceptar la del día siguiente. En silencio, como un rayo, uno se levanta. Saca la peonza de uno de esos bolsillos infinitos e interminables de un pantalón de niño y, con parsimonia, casi como en un iracundo ritual, rodea, fuertemente, con la cuerda la peonza. Alza la mano, bíblicamente amenazante, lanza la peonza contra el suelo mientras restalla, en el aire, la cuerda liberada. El picotazo del rejo sobre la dura plaza, hace que, a pesar de la levedad, apenas herida, la tierra estalle en un grito sordo y hueco. El grito eterno de la infantil plaza despierta. Pone en pie, a los vencidos niños que emprenden nuevamente, uno a uno, el juego lento e imprevisible de la vida. Hoy la infantil plaza del recuerdo permanece dormida y olvidada. Bajo el manto sin vida de negro asfalto, yacen los recuerdos infantiles a la espera de que el arqueólogo de la vida los ponga al descubierto.

ESE DÍA NO FUI A LA ESCUELA

En el corral de la vieja casona se rompe el alba con cantos, entrecortados por gritos y órdenes sinsentido. Palabras duras y restallantes como escape a una injusticia permanente, ruidos de rejas y arados, abren los ojos del niño que por vez primera sale al campo con la ilusión de lo desconocido. Al poco las callejas del pequeño pueblo se acaban y una llanura infinitamente anaranjada envuelta en un neblina aún fría, va pasando lentamente… Hoy, después de tantos años, creo recordar que iba detrás de un arado que abría de par en par la seca tierra, como una boca enorme, dispuesta a tragarse hombres e ilusiones. El  joven gañán, ese entrañable familiar casi hermano, cogía, de cuando en cuando, mi mano desacostumbrada y con sumo cuidado la ponía entre la esteva y su mano haciéndome creer que era yo el que trazaba el surco infinito que terminaba en el horizonte perdido. No recuerdo descanso, ni comida; no recuerdo la largueza o la cortedad de ese día, no recuerdo  la vuelta, posiblemente deseada, al pequeño pueblo, …. No recuerdo nada más que esa mano que me sujetaba al arado y una voz alegre, a pesar de todo, que se hundía, para siempre en la tierra, en esa tierra nuestra que entonces empecé a sentir y querer.

Después, en la escuela, siendo mayor; y en la vida, descubrí a un maestro En las fotos que de él se conservan se presentía todo el inmenso dolor e impotencia que un ser humano puede soportar. Él, Don Alberto, nos abrió un mundo desconocido, que poco a poco se fué ensanchando ante nuestros ojos abiertos de par en par. ¡Gracias D. Alberto por enseñarnos a querer, a aprender y a agradecer! ¡Gracias a todos!

José Muñoz Torres, cronista oficial


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